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AMIGO DEL CÉSAR
Un héroe homosexual en el mundo clásico, contado por sí mismo
Pascual Tamburri Bariain
Un poeta español desmonta la relación entre Adriano y Antinoo tal y como la definió Marguerite Yourcenar. ¿Pero había "orgullo gay" en la Antigüedad clásica, o sólo lo imaginamos ahora?
21 de septiembre de 2012  Imprimir este artículo Enviar a un amigo Aumentar texto Reducir texto Compartir: Acceder al RSS Comparte esta noticia en Facebook Comparte esta noticia en Twitter Añadir a del.icio.us Buscar en Technorati Añadir a Yahoo Enviar a Meneamé Enviar a Digg Enviar a MySpace
¿SUICIDIO O ASESINATO?
Manuel Francisco Reina. La coartada de Antínoo. Temas de Hoy - Novela, Madrid. 2012. 320 pp. 18.50 €.
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El Imperio romano tiene una fama ambigua en el mundo occidental. Por un lado es el origen de una identidad común, el depósito de las más nobles tradiciones políticas, culturales y sociales, un modelo para muchas cosas a través de los siglos y un punto de referencia para casi todo durante dos milenios e incluso ahora salvo entre los más facciosos. Por otro, y casi a la vez, es denostado como una amalgama de vicio, corrupción y decadencia, con una fama negativa a la que han contribuido sucesivamente los enemigos de Roma, los moralistas y políticos de la propia Roma, algunas lecturas parciales del cristianismo y, a día de hoy, quienes odian lo que Roma representa, pese a quien pese. Esa suerte ambigua se traslada a la memoria de los propios emperadores, en muchos casos contradictoria cuando no casi completamente negativa.

Una excepción a esa visión hostil a los Césares es la que tiene y conserva Adriano, pero no por casualidad. Digamos que hay para ello tres razones de diferente alcance pero perfectamente vivas y explicables. Por una parte, Adriano fue en su propia época mejor visto por los defensores de las  tradiciones helénicas y orientales (salvo los cristianos) que por los conservadores de la herencia étnica y cultural de la misma Roma y del Occidente romano, por no hablar de las legiones y la religión tradicional; y nunca como en los últimos dos siglos ese mundo helénico ha tenido tanto prestigio. Por otro lado, Adriano tuvo a su lado durante muchos años a un efebo y amigo, el bitinio Antinoo, lo que en su tiempo no tuvo de excepcional nada más que la práctica oficialidad de la relación, por supuesto simultánea a la de la emperatriz Sabina; sin embargo esa relación  se ha querido leer como si hubiese sido un anticipo o una precuela de la homosexualidad tal y como algunos la viven en ciertos ambientes  de algunos países de Occidente, cosa obviamente absurda pero que otorga al emperador una cierta legitimidad adicional en cierta intelectualidad actual y de las últimas décadas. Por último, las  Memorias de Adriano  de Marguerite Yourcenar hicieron y hacen del heredero de Trajano el emperador más conocido, popular y modélico, al menos en la clase media culta si es que tal cosa sigue existiendo.

En una novela es perfectamente legítimo, y hasta acertado, hacer lo que en su tiempo hizo Yourcenar y ahora hace Manuel Francisco Reina al novelar para  Temas de Hoy  la vida y la muerte, o mejor la muerte y la vida, del efebo Antinoo. Legítimo porque no se trata de investigar y relatar el pasado como un historiador, sino de servirse de esa ambientación para contar una historia imaginada entre personajes igualmente recreados desde la nada. Acertado, porque especialmente Reina consigue un resultado equilibrado, en el que  un relato casi más poético y sentimental que meramente narrativo se ambienta en un mundo romano muy bien descrito y contado, verosímil si no real, y se centra en Antinoo creíble y a su modo vivo.

Muchas son las diferencias entre el Antinoo de Yourcenar y el de Reina. En la francesa, el efebo era importante para definir el entorno del emperador, pero era éste el centro de todo, el protagonista y el beneficiado de las concesiones literarias e históricas. No ahora: en la novela española es Antinoo el protagonista, el narrador y, en definitiva, el que define el punto de vista desde el que se juzga la corte imperial de Adriano, en sus grandezas y sus bajezas, y también en sus relaciones humanas. Un trabajo bien hecho, un texto bien escrito y un libro que está destinado a gustar no sólo ni tanto a los que disfrutaron con el Adriano de Yourcenar como a los que quieran ver sentimientos e ideas de nuestro siglo vivos y aplicados en el siglo II dC.

Porque ahí radica tanto el acierto literario como el único problema del libro de Manuel Francisco Reina. Su Antinoo es cercano, creíble, y desde luego debe mucho tanto a sus propios gustos y experiencia poéticos como a la visión actual occidental del amor en general y de la homosexualidad en particular. Eso hace que Antinoo, protagonista de su propio relato de la mano de Manuel Francisco Reina, sea agradable y sirva de reflejo de los sentimientos que el lector va a buscar en una obra de ficción. El ambiente histórico, excusa al fin y al cabo para contar cómo el amor y el poder se cruzan mal con los prejuicios y los intereses mezquinos, está en general bien logrado pero no debe juzgarse el libro por sus errores y concesiones sino justamente por sus aciertos. Ahora bien, no nos engañemos: en la Roma imperial, si bien existía ampliamente y con valoración moral muy diferente a la posterior el amor masculino  no era siguiendo el modelo europeo contemporáneo de homosexualidad, ni de amor. He tenido la suerte de hablar de esto y de la suerte histórica y la literaria de Antinoo con quien tiene la cultura y la sensibilidad como para apreciarlas, por ejemplo nuestro contertulio de muchos años Israel V., y creo sinceramente que, si Manuel Francisco Reina ha acertado en lo literario ni debe ser valorado por lo histórico ni tampoco ha de servir como intérprete de esta parte del pasado. Y ahí está quizá el mayor problema que afrontamos: que ya que este libro tendrá éxito en España, el riesgo es que el lector y el país juzguen el siglo de Adriano, al emperador mismo y a Antinoo, y por supuesto las relaciones entre hombres, a la luz de los principios, ideas y valores imperantes hoy y usados en la novela. Lo cual debe evitarse, porque tanto literaria como históricamente la relación entre dos hombres, y más aún de diferentes edades, era mucho más compleja y muy distinta.

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