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UN TRIPLE INTERÉS |
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La Universidad Tomás Moro se llenó de amigos, familiares y seguidores de Javier Algarra en torno a un libro, "Prisionero en Cuba", un hombre libre, Sebastián Martínez Ferraté, y una idea: el fin de la dictadura castrista. |
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TODA LA ISLA, UNA CÁRCEL |
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Regis Iglesias puso el dedo en la llaga: no solamente son presos quienes están tras los barrotes, lo son todos aquellos a quienes se priva de sus derechos como ciudadanos. Y eso incluye a todo el pueblo cubano. |
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El vicepresidente del Grupo Intereconomía, Pedro-Juan Viladrich, pidió a
los asistentes para finalizar el acto un aplauso que transportase "calor y
afecto" a su gran protagonista, el periodista español Sebastián Martínez
Ferraté, quien aún se recupera física y anímicamente de los 555 días
sufridos en las cárceles de los hermanos Fidel y Raúl
Castro.
Gentes que han perdido la
cabeza
Y se le tributó a gusto, porque el calor y el afecto
abundaron este martes por la noche en torno a Javier Algarra, director de
Informativos de Intereconomía TV. Presentaba en la Universidad Tomás Moro su libro Prisionero en Cuba, donde, como recogió
El Semanal Digital, narra la experiencia de Ferraté en
las celdas de la dictadura. Y acudieron todos los amigos del autor desde la
cercana sede del Grupo: Xavier Horcajo, Gonzalo Bans, Santiago
Velo de Antelo, Noelia Atance, María Zabay, José Luis
Roig, Alejandra Alloza, Román Cendoya, Santiago
Mata, José Carlos Rodríguez, César
Sinde, entre otros.
Todos ellos, como el autor y su personaje,
gentes que "han perdido la cabeza": así describió Viladrich en sus
palabras introductorias la pasión por la libertad que anima al Grupo
Intereconomía y por tanto a la Universidad Tomás Moro, cuyo patrón –apuntó con
ironía aludiendo al triste final del mártir- también "perdió la cabeza" por esa
causa.
A continuación fue dando la palabra a quienes componían la mesa:
Álex Rosal, Regis Iglesias y los citados Algarra y
Martínez Ferraté.
Voces de Cuba en "la
casa de nuestros padres"
Rosal, director de LibrosLibres,
editora de Prisionero en Cuba, agradeció al Grupo Intereconomía "la voz
que siempre otorga" a las iniciativas de la editorial. Recordó que una de sus
primeras colecciones se tituló precisamente Voces de Cuba, dirigida
por María Paz Martínez justo para que fuesen escuchados los
proscritos. Y elogió el coraje de Algarra, quien ante el drama que vivía
su amigo Sebastián pudo "escurrir el bulto" como hicieron otros y sin
embargo no lo hizo: "El ejemplo de Javier nos ilumina ante
situaciones parecidas en las que algunos piden siempre ´prudencia´ como excusa
para no hacer nada", concluyó Rosal.
A continuación intervino
Regis Iglesias, portavoz del Movimiento Cristiano Liberación, liderado
hasta su muerte por Oswaldo Payá. Tuvo unas palabras para Ángel
Carromero, a la espera de sentencia "acusado injustamente de un delito que
no cometió". Iglesias fue uno de los detenidos en 2003 por defender el
Proyecto Varela, que logró el apoyo de 25.000 cubanos que vencieron el miedo y
la tibieza. Uno de sus entonces compañeros de prisión, Ricardo
González, se hallaba entre el público, como también Miguel
Manrique, de TV Martí.
"Más allá de los cientos de cárceles que
la pueblan, toda Cuba es una prisión", dijo Iglesias: "Y no porque sea
una isla, sino porque el régimen ha impedido que los cubanos tengan derechos".
Con conocimiento de causa, Regis explicó que la dictadura pone como
vigilantes de las cárceles a personas de la peor calaña, "capaces de matar a un
preso a batazos o de soltarle los perros para que lo destrocen". Si aguantaron
siete años entre rejas fue por una razón: "Porque vivimos con la esperanza. Sólo
nos sostuvo la convicción de que estábamos en la cárcel por los derechos de
todos los cubanos". En 2010 fueron liberados, pero no para volver a sus casas
como deseaban, sino para un exilio en España, a la que mostró su agradecimiento:
"Es la casa de nuestros padres".
La diferencia
entre Moratinos/Jiménez y Margallo
Algarra evocó al inicio
de su intervención la figura de Oswaldo Payá, "que habría sido seguro el
primer presidente de una Cuba libre y democrática", y su oscura muerte. Y metido
en faena sobre Prisionero en Cuba, definió a Martínez Ferraté como
"un periodista aguerrido, de combate, amigo de meterse en fregaos a la
búsqueda de reportajes de riesgo", como los que rodó con cámara oculta en
fábricas de cocaína centroamericanas, o con sicarios colombianos, o con
falsificadores de moneda, o con mafias de tráfico de órganos y de personas.
Lo mismo hizo para denunciar la prostitución infantil en Cuba, y fue su
perdición: "Fidel dijo ´quiero a ese tipo´ tras ver el reportaje de
Sebastián". Le tendieron una trampa para hacerle ir a La Habana, y le
detuvieron en el aeropuerto, donde desde el principio "le dejaron claro que le
detenían porque ´al camarada Fidel´ no le había gustado el reportaje y
porque había ofendido al pueblo cubano".
Cuando Algarra supo que
su amigo estaba encarcelado, Marian, la mujer de Sebastián,
aconsejada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, le pidió silencio para no
perjudicarle. "Y guardamos silencio mientras Miguel Ángel Moratinos no
hacía nada, y guardamos silencio mientras Trinidad Jiménez no hacía
nada", censuró Javier: "Hasta que un día Marian llamó porque
Sebastián había decidido romper la baraja y que se contara el caso".
Intereconomía dio la exclusiva, y luego algunos medios –no todos- se
mojaron en la denuncia: Algarra mencionó, entre otros, a Antonio
Rubio de El Mundo, Carlos Herrera de Onda Cero o Antonio
Martín Beaumont de El Semanal Digital.
Con el cambio
de Gobierno, recién llegado al Palacio de Santa Cruz, José Manuel
García-Margallo, "se lo tomó como algo personal y en 22 días logró liberar a
Sebastián".
Para
Eugenia
¿Por qué ha escrito esta historia? El libro está dedicado
a Eugenia, la hija de Ferraté -explicó Algarra-, para que
algún día, respondiendo al deseo de su padre, conozca su dramática
historia.
El autor de Prisionero en Cuba cerró su intervención
homenajeando a "todos los periodistas que pierden su libertad por defender la
libertad de los demás".
Por último, Sebastián Martínez Ferraté,
conocidos ya los hechos, se centró en la evolución de su estado anímico durante
su cautiverio de 555 días, que arrancó con una confesión de parte del primer
policía que le interrogó: "Estás detenido por el gran daño que has hecho a
Cuba". Estaba claro, pues, que las acusaciones posteriores eran un mero
montaje.
Denunció las torturas psicológicas a las que fue sometido:
vejaciones y humillaciones al desnudarle; días de aislamiento diciéndole que la
embajada pasaba de él; tres promesas de liberación inmediata ("mañana
usted se va"... para frustrarle al día siguiente); finalmente una libertad de
siete días ("por mi cabeza pasaron miles de cosas", confiesa Sebastián,
incluido escapar como balsero) hasta su detención definitiva; o la dureza de una
fiscal: "Serás condenado a 25 ó 30 años, y jamás volverás a ver a tu hija,
porque no aguantarás ese tiempo vivo en las cárceles de Cuba".
Siempre agradecido
Esa destrucción anímica y
psicológica le fue pasando factura, y a la postre fue –por razones humanitarias-
la que precipitó su liberación.
Cuando Ferraté agradeció a todos
los que le habían apoyado desde España, se le quebró la voz al mencionar a
Javier Algarra y a Antonio Rubio, presente en el acto ("te estaré
siempre agradecido", le dijo). Y no olvidó ni a los suyos ("gracias a mi hija y
a mi familia he podido sobrevivir, sin ellos no lo hubiera conseguido") ni
a Margallo: "Su cruzada logró derrotar a dos dictadores", concluyó en
referencia a los hermanos Castro.
Fue entonces cuando llegaron, en
forma de ovación cerrada, el calor y el afecto que había pedido
Viladrich. Y luego, la salsa de toda presentación, las firmas.
Algarra rubricó muchos libros mientras departían los presentes:
representantes del ámbito de la enseñanza y el periodismo como Álex
Navajas, del mundo de la publicidad y la tasación artística como
Jorge Llopis, de la pintura como Mariam Gutiérrez Jerez,
de la universidad como Amando de Miguel, o compañeros de profesión como
Pepa Chacón, entre otros.
Todos acompañaron a
Algarra en una noche donde se pensó, sobre todo, en quienes siguen en
prisión. En cualquiera de las que conoció Ferraté... y en esa gran cárcel
que, como recordó Regis Iglesias, es toda tierra donde los derechos de
las personas sencillamente no existen.
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