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UN NUEVO GRAN JUEGO |
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Los políticos y diplomáticos vivían más tranquilos cuando existía la URSS. Ahora hay un espacio libre entre Europa y China, lleno de tensiones y a la espera de un imperio. Pero no es novedad. |
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EL EQUILIBRIO DEL MUNDO |
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Francisco Veiga y Andrés Mourenza, coordinadores. El retorno de Eurasia, 1991-2011. Veinte años del nuevo gran espacio geoestratégico que abrió paso al siglo XXI . Península, Barcelona, 2012. 496 pp. 28,50 €. |
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Desde la muerte de Lenin hasta la muerte de la URSS, durante
casi setenta años, la Unión Soviética tuvo un papel predominante en Asia
Central. Desde la Segunda Guerra Mundial, cuyo principal
perdedor fue el Imperio Británico, no hubo alternativas al dominio de
Moscú en las repúblicas musulmanas del espacio uralo-altaico, Kazajstán,
Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán y Kirguistán, ni en el Cáucaso también
soviético, Georgia, Armenia y Azerbaiyán, ni de hecho en unos Afganistán y
Mongolia formalmente independientes pero de hecho tutelados. No había
alternativas ni en una China primero comunista y luego vuelta hacia sí misma, ni
en un Irán revolucionado, ni en una India dividida desde 1947, ni en una Turquía
vuelta sólo hacia Europa. No era un ideal democrático ni un modelo de
equilibrio, pero era una forma de paz.
De
repente, en 1991, todo eso se acabó. La implosión nacionalista de la URSS
forzó una retirada al menos formal y temporal de Rusia, creó independencias que
de hecho casi nadie quería y convirtió de repente todo el espacio entre Rusia,
China, India, Irán y Turquía en escenario de luchas, guerras, rivalidades y
cambios. Desaparecido el imperio, sus herederos, sus enemigos y sus nostálgicos
luchan con las armas, con la diplomacia, con la economía, con la religión y con
la cultura para imponer en la zona su proyecto e impedir el de los demás. Todo
esto, además, con la participación de un actor lejano pero inevitable, los Estados Unidos, único imperio mundial de momento.
Lo que Península propone, en el libro coordinado por
Francisco Veiga, es un repaso general a la zona y a su pasado
reciente para hacer comprensible al lector español la situación actual y los
horizontes de futuro que se entrevén. Ya que cada uno de los actores y de los
problemas exige una preparación específica, no parece nada equivocada la fórmula
de un libro repartido entre especialistas de cada aspecto, dando cada uno de
ellos su análisis de la situación. Que esos análisis sean en ocasiones
contradictorios no es para nada una dificultad, antes bien, introduce al lector
poco avezado en la complejidad inherente a la zona. Una
complejidad para la que, digámoslo, la generación nacida y educada en la Guerra
Fría no estaba demasiado preparada.
En el Occidente de la segunda
mitad de la Guerra Fría, con la excepción muy personal (y frustrada) de
Richard Nixon, los grandes dirigentes eran ajenos a la idea
misma de geopolítica, o al menos de la geopolítica tradicional, a la que se daba
por muerta. Henry Kissinger primero y sobre todo, y con más
prudencia Zbigniew Brzezinsky, habían extendido la idea de que
los viejos problemas del mundo anterior a 1945 nunca volverían, y de que el
mundo era para siempre diferente y probablemente bipolar sin remedio; de ahí
vinieron la conferencia de Helsinki y otros males. Pero resultó que, muerta la
URSS, nos quedamos con un imperio mundial marítimo como el anunciado por el
almirante Mahan, con un rival potencial en el
Heartland del viejo Mackinder y con la reaparición
triunfal de muchas de las ideas y predicciones del innombrable
Haushofer. Volvía la Geopolítica como
ciencia, reaparecía Eurasia como realidad cotidiana en los boletines de noticias
y volvíamos, con aún más variantes y matices, al "Gran Juego" entre
Imperios que quizá sólo los lectores de Rudyard Kipling
recordábamos.
El retorno de la geopolítica tradicional no ha supuesto el
fin del mundo, aunque sí el nacimiento de un mundo nuevo. Un mundo en el que
vuelve a haber "hombres que pueden reinar" y en el que necesitamos, por poco que
gusten a nuestros políticos, Stalkies y
Lawrences, porque sin ellos no iremos a ninguna parte. Y no son
ya británicos y rusos luchando por un espacio vacío y por los despojos de
Turquía, Irán y China, pero cambiando los nombres quizá las cosas no sean tan
diferentes, ni tan dramáticas. Es evidente que el
destino de la política mundial se decide en buena parte en ese "centro del
mundo" al que llamamos Eurasia, que por su misma naturaleza no tiene
límites definidos y admite actores con un pie dentro y otro fuera, como turcos,
ucranianos, indios, chinos y rusos, amén de actores ajenos pequeños como Israel,
ricos como los saudíes y japoneses e imperiales como los Estados Unidos. El
especio euroasiático es flexible.
Es un error, y se entiende al leer el
libro, pensar en esto como en una sucesión de conflictos diferentes. Las
variables culturales, históricas, religiosas y económicas son infinitas, y sólo
leyendo con calma las apreciaremos en toda su riqueza. Sin aceptar esa
complejidad, y la interrelación de todas las realidades por encima de
consideraciones de espacio y tiempo, no se entenderá ni la guerra ilimitada de
Afganistán-Pakistán ni nada de lo que el futuro inmediato nos depare.
¿Nos depare? La verdad es que si algo llama la atención, junto a la impúdica reaparición de la
fuerza militar como elemento primero de las relaciones internacionales –sigue
habiendo quien se escandaliza de esta realidad eterna-, es nuestra ausencia, la
ausencia de Europa. Por supuesto que hay empresas y agentes europeos en
la zona, y que estamos, España también, militarmente implicados en Afganistán.
Pero Europa no está allí defendiendo intereses propios, sino como parte del
imperio marítimo mundial. Y de hecho la lectura de este libro se presta a una
reflexión final, a la que cada uno responderá según su gusto: ¿cuál de los
actores presentes en Eurasia coincide más en sus intereses reales a largo plazo
con España y con Europa?
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