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VUELVEN VIEJOS PROBLEMAS
El "gran juego" del siglo XXI, donde empiezan guerras y crisis
Pascual Tamburri Bariain
Los políticos y diplomáticos vivían más tranquilos cuando existía la URSS. Ahora hay un espacio libre entre Europa y China, lleno de tensiones y a la espera de un imperio.
7 de agosto de 2012  Imprimir este artículo Enviar a un amigo Aumentar texto Reducir texto Compartir: Acceder al RSS Comparte esta noticia en Facebook Comparte esta noticia en Twitter Añadir a del.icio.us Buscar en Technorati Añadir a Yahoo Enviar a Meneamé Enviar a Digg Enviar a MySpace
UN NUEVO GRAN JUEGO
Los políticos y diplomáticos vivían más tranquilos cuando existía la URSS. Ahora hay un espacio libre entre Europa y China, lleno de tensiones y a la espera de un imperio. Pero no es novedad.
EL EQUILIBRIO DEL MUNDO
Francisco Veiga y Andrés Mourenza, coordinadores. El retorno de Eurasia, 1991-2011. Veinte años del nuevo gran espacio geoestratégico que abrió paso al siglo XXI . Península, Barcelona, 2012. 496 pp. 28,50 €.
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Desde la muerte de Lenin hasta la muerte de la URSS, durante casi setenta años, la Unión Soviética tuvo un papel predominante en Asia Central. Desde la Segunda Guerra Mundial, cuyo principal perdedor fue el Imperio Británico, no hubo alternativas al dominio de Moscú en las repúblicas musulmanas del espacio uralo-altaico, Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán y Kirguistán, ni en el Cáucaso también soviético, Georgia, Armenia y Azerbaiyán, ni de hecho en unos Afganistán y Mongolia formalmente independientes pero de hecho tutelados. No había alternativas ni en una China primero comunista y luego vuelta hacia sí misma, ni en un Irán revolucionado, ni en una India dividida desde 1947, ni en una Turquía vuelta sólo hacia Europa. No era un ideal democrático ni un modelo de equilibrio, pero era una forma de paz.

De repente, en 1991, todo eso se acabó. La implosión nacionalista de la URSS forzó una retirada al menos formal y temporal de Rusia, creó independencias que de hecho casi nadie quería y convirtió de repente todo el espacio entre Rusia, China, India, Irán y Turquía en escenario de luchas, guerras, rivalidades y cambios. Desaparecido el imperio, sus herederos, sus enemigos y sus nostálgicos luchan con las armas, con la diplomacia, con la economía, con la religión y con la cultura para imponer en la zona su proyecto e impedir el de los demás. Todo esto, además, con la participación de un actor lejano pero inevitable, los Estados Unidos, único imperio mundial de momento.

Lo que Península propone, en el libro coordinado por Francisco Veiga, es un repaso general a la zona y a su pasado reciente para hacer comprensible al lector español la situación actual y los horizontes de futuro que se entrevén. Ya que cada uno de los actores y de los problemas exige una preparación específica, no parece nada equivocada la fórmula de un libro repartido entre especialistas de cada aspecto, dando cada uno de ellos su análisis de la situación. Que esos análisis sean en ocasiones contradictorios no es para nada una dificultad, antes bien, introduce al lector poco avezado en la complejidad inherente a la zona. Una complejidad para la que, digámoslo, la generación nacida y educada en la Guerra Fría no estaba demasiado preparada.

En el Occidente de la segunda mitad de la Guerra Fría, con la excepción muy personal (y frustrada) de Richard Nixon, los grandes dirigentes eran ajenos a la idea misma de geopolítica, o al menos de la geopolítica tradicional, a la que se daba por muerta. Henry Kissinger primero y sobre todo, y con más prudencia Zbigniew Brzezinsky, habían extendido la idea de que los viejos problemas del mundo anterior a 1945 nunca volverían, y de que el mundo era para siempre diferente y probablemente bipolar sin remedio; de ahí vinieron la conferencia de Helsinki y otros males. Pero resultó que, muerta la URSS, nos quedamos con un imperio mundial marítimo como el anunciado por el almirante Mahan, con un rival potencial en el Heartland del viejo Mackinder y con la reaparición triunfal de muchas de las ideas y predicciones del innombrable Haushofer. Volvía la Geopolítica como ciencia, reaparecía Eurasia como realidad cotidiana en los boletines de noticias y volvíamos, con aún más variantes y matices, al "Gran Juego" entre Imperios que quizá sólo los lectores de Rudyard Kipling recordábamos.

El retorno de la geopolítica tradicional no ha supuesto el fin del mundo, aunque sí el nacimiento de un mundo nuevo. Un mundo en el que vuelve a haber "hombres que pueden reinar" y en el que necesitamos, por poco que gusten a nuestros políticos, Stalkies y Lawrences, porque sin ellos no iremos a ninguna parte. Y no son ya británicos y rusos luchando por un espacio vacío y por los despojos de Turquía, Irán y China, pero cambiando los nombres quizá las cosas no sean tan diferentes, ni tan dramáticas. Es evidente que el destino de la política mundial se decide en buena parte en ese "centro del mundo" al que llamamos Eurasia, que por su misma naturaleza no tiene límites definidos y admite actores con un pie dentro y otro fuera, como turcos, ucranianos, indios, chinos y rusos, amén de actores ajenos pequeños como Israel, ricos como los saudíes y japoneses e imperiales como los Estados Unidos. El especio euroasiático es flexible.

Es un error, y se entiende al leer el libro, pensar en esto como en una sucesión de conflictos diferentes. Las variables culturales, históricas, religiosas y económicas son infinitas, y sólo leyendo con calma las apreciaremos en toda su riqueza. Sin aceptar esa complejidad, y la interrelación de todas las realidades por encima de consideraciones de espacio y tiempo, no se entenderá ni la guerra ilimitada de Afganistán-Pakistán ni nada de lo que el futuro inmediato nos depare.

¿Nos depare? La verdad es que si algo llama la atención, junto a la impúdica reaparición de la fuerza militar como elemento primero de las relaciones internacionales –sigue habiendo quien se escandaliza de esta realidad eterna-, es nuestra ausencia, la ausencia de Europa. Por supuesto que hay empresas y agentes europeos en la zona, y que estamos, España también, militarmente implicados en Afganistán. Pero Europa no está allí defendiendo intereses propios, sino como parte del imperio marítimo mundial. Y de hecho la lectura de este libro se presta a una reflexión final, a la que cada uno responderá según su gusto: ¿cuál de los actores presentes en Eurasia coincide más en sus intereses reales a largo plazo con España y con Europa?


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