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VENENO Y MENTIRAS PARA TODOS
Drogas e industria química: grandes venenos, grandes negocios
Pascual Tamburri Bariain
En los países industrializados, a la vez que se denuncia la contaminación se cierran los ojos a las consecuencias de la química y la biología en las enfermedades.
9 de junio de 2012  Imprimir este artículo Enviar a un amigo Aumentar texto Reducir texto Compartir: Acceder al RSS Comparte esta noticia en Facebook Comparte esta noticia en Twitter Añadir a del.icio.us Buscar en Technorati Añadir a Yahoo Enviar a Meneamé Enviar a Digg Enviar a MySpace
LA GRAN CONTRADICCIÓN
Marie-Monique Robin, Nuestro veneno cotidiano. La responsabilidad de la industria química en la epidemia de las enfermedades crónicas. Traducción de Beatriz Morales Bastos. Península, Barcelona, 2012. 672 pp. 24,50 €
DROGA, LA MODERNIDAD VENENOSA
Araceli Manjón-Cabeza Olmeda, La solución. La legalización de las drogas. Debate – Random House Mondadori, Barcelona, 2012. 320 pp. 12,99 €
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Cuando en 1967 Terry Southern publicó  A la rica marihuana y otros sabores  (la recopilación que Capitán Swing acaba de editar en Madrid con traducción de Kosian Masoliver), tanto la industria química y la bioquímica como las drogas habían empezado mucho antes su recorrido pero estaban muy lejos de llegar al punto en el que están hoy entre nosotros. La narración empieza con una vaca drogada por comer marihuana, y la historia prosigue en la vida real, una vez pasado el 68, tras tres o cuatro generaciones con su percepción del mundo radicalmente alterada y en parte muertas o enfermas. Lo singular es que los occidentales contemporáneos somos capaces a la vez de reivindicar lo positivo de las drogas y de argumentar su legalización mientras lamentamos las consecuencias patológicas de la química agrícola e industrial que explica nuestra aparente superabundancia y pedimos su ilegalización. Todo esto mientras una poderosa oligarquía mundial se enriquece con los dos procesos y una casta cultural progre pretende liderar ambos. Contradictorio, por lo menos.

Marie-Monique Robin ya había demostrado con  El mundo según Monsanto  su doble capacidad de comprender la sensibilidad del hombre contemporáneo y de exponer de modo comprensible datos científicos, por modestos que resulten para esa visión del mundo que tan cómodos nos hace sentir… mientras mantenemos los ojos cerrados a la evidencia. Nuestro veneno cotidiano intenta y consigue, en efecto, abrirnos los ojos a la evidencia sin herirnos.  El prejuicio cientifista del progresismo, desde el siglo XVIII, hace que toda novedad sea a priori considerada buena, especialmente si supuestamente nos hace más felices, más prósperos, más seguros, más cómodos o más ricos (aunque en realidad sólo algunos se enriquezcan de verdad). Un puñado de grandes empresas gestiona, en porcentaje cada vez mayor, los descubrimientos de la química, de la genética y de la misma medicina. Los intereses de unos pocos y el prejuicio progresista convertido en dogma de convivencia mundial no sólo permite que los descubrimientos se dirijan a lo más rentable sino que convierte en hereje a quien revela las verdades incómodas.

Gracias a Marie-Monique Robin y a muy pocas personas más hay sin embargo cada vez más europeos y americanos dispuestos a reconocer que estamos introduciendo en nuestra cadena alimentaria (en diferentes puntos, no sólo los pesticidas) elementos radicalmente tóxicos, patógenos, venenosos. Estamos contaminando no sólo el mundo sino los cuerpos de los hombres de hoy y de mañana, envenenándoles y haciéndoles enfermar (no sólo de cáncer) o cambiar de maneras cuyas consecuencias hoy sólo podemos entrever. Lo que Robin denuncia con datos y evidencias lo podrá aceptar quien lea sus libros sin prejuicios. No escribe contra los intereses de nadie, sino señalando dónde los intereses económicos de unos pocos se separan de la seguridad de la mayoría.

Es evidente, también en este libro, la dificultad inherente a un cambio de rumbo. Estamos acostumbrados a disponer, desde una agricultura, una ganadería, una industria y una medicina mercantilizadas, de muchos y abundantes productos, al menos en el mundo desarrollado. Aun siendo conscientes de todos los males y los riesgos, ¿estamos dispuestos a los sacrificios y los cambios que supone una prohibición o incluso una mayor regulación? ¿No estamos acaso educados, desde hace algunas generaciones, para preferir el placer y la comodidad hoy aunque impliquen en el futuro la enfermedad, la ruina y la decadencia mañana?  Para que Marie-Monique Robin triunfe en sus intenciones, además de su benéfica obra de divulgación, se ve necesaria una de educación. Suponiendo que las multinacionales del sector le dejen.

Legalizar las drogas mientras prohibimos los herbicidas, ¿de verdad queremos eso?

La profesora Araceli Manjón-Cabeza es en España probablemente la defensora jurídica y política mas cualificada de la legalización de la distribución y el consumo de las drogas hoy ilegales. Tras un largo quehacer público en este sentido y una defensa académica de sus argumentos, presenta en Debate una monografía de divulgación, en la que plantea su lectura del pasado y el presente de las drogas y su ilegalidad, considerando las razones que nos han traído a este punto y las consecuencias que nuestra sociedad afronta.

Manjón-Cabeza cree que la ilegalización del tráfico (y hasta cierto punto del consumo, dado que éste no es en sí mismo falta ni delito entre nosotros) ha fracasado si su objetivo era conseguir un mundo más sano, sin drogas, y en cambio ha conseguido crear un inmenso negocio criminal mundial. Las drogas no han desaparecido, pero se han hecho más sucias y peligrosas, y a cambio su ilegalidad habría extendido las redes de delincuencia, la corrupción pública, la violencia y muchos otros males. En su mirada al pasado y al exterior, Manjón-Cabeza retoma una vez más el recuerdo de unos precedentes permisivos, del fracaso del prohibicionismo del alcohol y de las angustiosas experiencias a las que el prohibicionismo estaría llevando a muchos países del mundo, en buena medida por someterse a la voluntad prohibicionista de los Estados Unidos.

Es posible estar de acuerdo con la profesora Manjón-Cabeza y sus argumentos, que tienen en su género la no pequeña ventaja de estar bien expuestos y sin la habitual agresividad de los defensores progres de una postura permisivista. Desde el punto de vista de la argumentación histórica, desde luego, quienes recuerdan un pasado en el que todas las sustancias o muchas de ellas, incluyendo el alcohol, eran legales en las sociedades de raíz europea, olvidan que entonces se trataba de comunidades premodernas, predemocráticas y antiigualitarias, en las que las libertades, los derechos y el acceso a unos u otros productos no eran uniformes sino disciplinados, como todo en función de una jerarquía estamental. Tanto la prohibición como la libertad han demostrado no funcionar en sociedades igualitarias como la nuestra, mejor dicho en sociedades donde la única jerarquía universalmente admitida es la del dinero. De hecho, un consumo elitista de tipo tradicional, y limitado por el cumplimiento de deberes comunitarios, ha demostrado ser compatible con cualquiera de las dos formas de gestión de todas las sustancias. Y en cambio en sociedades de masas, que idealizan el placer físico y asocian el éxito a la ostentación inmediata de la riqueza material, las dos fórmulas han fracasado. Seguramente, a medio y largo plazo, la solución para la cuestión de las drogas no sea ni la prohibición ni la legalización, sino la educación del pueblo en valores completamente distintos.

Mientras tanto, ¿qué hacer? Es paradójico que personas, grupos y partidos de ideales progresistas sean a la vez más o menos prohibicionistas con ciertos productos industriales peligrosos, como los que denuncia Marie-Monique Robin, y más o menos partidarios de la legalización de las drogas, como Araceli Manjón-Cabeza. Ambos negocios están en muy pocas manos, y en ambos pagan justos por pecadores, muchos por pocos y pobres por ricos. Lo que no deberíamos plantearnos es legalizar unos venenos y prohibir otros, o viceversa. Cualquiera que viva en medio de la juventud española de 2012 notará cómo  la droga, en todas sus formas, tiene mejor imagen y más difusión que nunca, sin demasiada consideración a sus efectos, por otra parte evidentes. Y a la vez los mismos jóvenes,  educados en una cierta y selectiva sensibilidad ecológica, se preocupan de la contaminación pero no estarían dispuestos a reconocer y menos a admitir los grandes sacrificios materiales que nos impondría una prohibición. Tengo para mí que  este debate está abierto, que debe proseguirse sin prejuicios, pero que en él debemos exigir coherencia. No podemos olvidar que el mismo liberalismo que se lanzó a una guerra para imponer el consumo de opio en China dice ahora librar guerras contra la droga en Hispanoamérica. Algo falla en nuestra visión del mundo.

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jueves, 14 de junio de 2012

La diferencia

La diferencia entre los venenos que se vierten con total impunidad al medio ambiente y las drogas que algunos usamos voluntariamente y que se persiguen con penas equivalentes al asesinato, está en que las segundas necesitan de nuestro permiso para introducirse en nuestros cuerpos y las pimeras se nos meten lo queramos o no. Hasta un niño sería capaz de ver por qué la contaminación debería estar castigada con la dureza que hoy se reserva a las drogas, mientras que éstas deben ser legalizadas con urgencia.

# Publicado por: Alejo Alberdi
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