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¿ES INEVITABLE? |
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Con las leyes de la física, sí, pero la palabra puede conseguir suspenderlas y llevarnos a un mundo distinto. |
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POEMARIO |
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Beatriz Villacañas. La gravedad y la manzana. Devenir. Madrid, 2012. 95 pp. 12 € |
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La sensibilidad en el concepto, la lectura cadenciosa y, cuando opta por la
rima, una sonoridad original donde la poetisa alumbra en realidad, más que
verbo, música: así podríamos caracterizar la poesía de Beatriz
Villacañas, doctora en Filología, profesora en la Universidad Complutense de
Madrid y, ante todo, creadora.
Lo lleva en la sangre, como hija del
poeta Juan Antonio Villacañas, a quien dedica un hermoso cuarteto
contenido en La gravedad y la manzana (Devenir): "Qué nueva identidad me
dio tu muerte, / qué nuevo amor con el que hablo contigo, / me dio un lenguaje
libre de palabras / y un infinito amigo".
¿Quién no encuentra en esta
expresión la clave de lo que no sabía expresar, y alguien a quien entenderla
dirigida? Para eso existen los poetas: no para transmitir la esencia suya, sino
para dar figura a la nuestra. En este poemario, sexto de su autora –varios de
ellos premiados-, el título nos avanza lo titánico del esfuerzo: con cinco
palabras que nos evocan a Isaac Newton (encarnación de lo cuantificable,
de lo reductible a ley, de lo inexorable), Villacañas consigue todo lo
contrario. Nos sumerge en pequeños mundos donde vagamos entre
arcanos sutiles y libérrimos, desde el alma torturada del monstruo de
Frankenstein ("Y no puedo morirme, / yo soy el monstruo; / la raíz escondida de
la vida. / Y soy nadie") a la serenidad de los dos hombres que bracean en el mar
sabiendo que se ahogan ("No podían salvarse el uno al otro / ni tampoco a sí
mismos: / la lucidez fue suya / y ellos del destino") pasando por la íntima
congoja de la soledad y el llanto ("Aprendí a naufragar / en el planeta mínimo /
de una gota de sal, de cualquier lágrima").
Son mundos donde la manzana
se desprende del árbol, pero no necesariamente llega al suelo, porque no sabemos
si Dios, que se pasea entre los versos de Villacañas más como una
pregunta que como una respuesta, va a optar por el cumplimiento de la ley física
o por su excepción, que de ambas es dueño: "Aunque sé que imagino lo que creo, /
seguramente creo que soñando / Dios me contesta cuando no le veo". O: "¿Cuánto
sol hay detrás / del oscuro silencio que te envuelve?". O: "... mil infiernos, /
mil veranos, mil lunas, mil inviernos, / mil biografías sin que Dios
conteste".
La gravedad y la manzana es un venero delicado de los
sentimientos más universales. El amor, por supuesto, y en estrofas elegantes y
clásicas, desde el soneto herido ("...me has dado calor, año tras año. / ... /
Qué ignorancia de muerte hasta que un día / el saberte tran frágil me hizo
daño") a la lira de resonancias sanjuanescas: "Digamos con los ojos, / digamos
con la voz de la caricia, / transformemos despojos / en juvenil delicia, /
novicio tú, mi amor, y y yo novicia".
Y, tras el amor, la muerte,
presentida con la nostalgia del mundo que se nos irá cuando nos perdamos: "No
haremos ya nuestro trayecto a pie" y nos convertiremos sólo "en lágrimas de
aquellos que nos aman".
Beatriz Villacañas nos abre así su mundo,
pero no en pura subjetividad. Ella misma explica al presentarlas que estas
páginas son "una indagación en el misterio de la realidad", y esa realidad somos
nosotros en cuanto "ungidos" por la idea, la emoción y la palabra, entendida
como "misterio y don absoluto". Porque, concluye, "con la palabra también
matamos, pero ella siempre nos resucita".
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