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27 julio 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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Globalización
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GLOBALIZACIÓN

Lo étnico y lo nacional frente al poder del dinero

Con motivo de la "nacionalización" de Repsol, conviene reflexionar acerca de la naturaleza de ese "patriotismo económico". Y no lo hacemos menos en España que, por ejemplo, en Argentina.

La "nacionalización" de Repsol-YPF en Argentina obliga a plantearse ciertas preguntas sobre el "patriotismo económico".
La "nacionalización" de Repsol-YPF en Argentina obliga a plantearse ciertas preguntas sobre el "patriotismo económico".
La idea también me viene a la cabeza cuando sigo el asunto de las elecciones francesas, por supuesto, prescindiendo de las noticias del inevitable Quiñonero si no es tan solo para saber como no son las cosas.

Por ejemplo, resulta ridículo pensar que el Banco de Santander opera en interés de España porque, en realidad, no opera más que en interés del máximo de beneficios en sus balances. Por lo demás, poco les importa la situación de nuestro país: ellos estarán de acuerdo con cualquier gobierno y situación que no afecte a su cuenta de resultados. YPF no es muy diferente. Técnicamente, no era una empresa española más que en la medida en que Repsol, que declara solamente el 25% de los beneficios en territorio español, controlaba el 51% del accionariado. ¿Nos garantiza eso que Repsol obre en favor de los intereses de España o más bien en consonancia con el proceso de globalización que deslocaliza empresas transnacionales, nominalmente pertenecientes a un país concreto?

A este tipo de empresas les espanta cualquier barrera de tipo nacional o cultural que dificulte su operatividad en el mercado único planetario. En el caso de YPF, por ejemplo, los argentinso blasonan de recuperar su "soberanía" sobre un sector estratégico. La idea me parece estupenda y sensata: aquello que es indispensable para la supervivencia de un país no debería depender de decisiones foráneas. El problema es que ignoro si Cristina Fernández Kirchner ha hecho bien ese cálculo: de todos es sabido la importancia del "lobby" proisraelí en Argentina, tan potente o más que su homólogo estadounidense. Ahora, tras la nacionalización de YPF, ¿de quién es el resto del accionariado? Dejando a un lado el 49% restante –el que no controla el Estado argentino mas las diez provincias que tienen petróleo-, un 37,5% se reparte entre el grupo Eskenazi, la Banca Lazard-Freres, la Banca Eton Park (Goldman Sachs, Mindich y Rosemberg) y el Grupo Wertheim; es decir, lo más granado del "lobby" proisraelí en Argentina. ¿Se hubiera atrevido el gobierno de Kirchner a la completa nacionalización de YPF? Si lo hubiera hecho, tal medida hubiera dado la talla de la verdadera enjundia de su espíritu "patriótico". Curiosamente, el ingeniero de la operación, Axel Kicillof, es un conocido nieto de rabinos.

Todo ello explica la, para algunos, sorprendente reacción norteamericna a la hora de condenar la expropiación. Según el diario El País del pasado día 17 de abril, "Lo que no ha sentado bien a España es la tibieza en la reacción por parte de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton". Según éste mismo diario el ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, señaló en Madrid que la respuesta de Clinton no le había parecido "todo lo entusiasta que a mí me hubiese gustado", después de que Clinton eludiera pronunciarse en Brasil. Según El País, García Margallo atribuyó esa tibieza "a los intereses económicos que Estados Unidos tiene en Argentina". Como siempre, "El País" confunde a sus lectores al señalar como "norteamericanos" unos intereses que son tan castizos como, por ejemplo, los que condujeron a la guerra de Irak. Y es que, hoy, los intereses nacionales están en franca retirada ante el embate del imperialismo mundial del dinero y de quienes lo poseen y lo controlan.

Toda esta reflexión viene porque me parece que en la calle -no entre los políticos de izquierdas o de derechas- la cosa es más bien diferente. Ayer día 20, el diario La Razón abría con la foto de un cartel callejero que pedía en Buenos Aires una "YPF 100% pública ya". Parece que en muchos sitios la fe en el mercado como solución a los problemas del futuro no pasa por su mejor momento.

En Francia, con motivo de las elecciones, Sarkozy, para robar votos al Frente Nacional Francés, se ha visto en la obligación, como en el pasado, de poner en duda el tratado de Schengen, de llamar la atención sobre el auge musulmán en Europa y de abogar por una ley de "exclusividad europea" a la hora de firmar contratos públicos. Puro "proteccionismo", como se ve. La izquierda de Jean-Luc Melenchon, roba votos al candidato socialista Hollande con un discurso a veces ridículo: apoya el genocidio –como buen comunista- de China en el Tíbet y es un antinorteamericano absolutamente típico. Junto con Hollande, pretende perseguir a "los ricos" a base de impuestos pero, a diferencia de él, llama en la Bastilla a la insurrección civil. Pese a su radicalización, dentro de los estándares más trasnochados, fracasados y estúpidos de la izquierda, sus propuestas no son nada que no se haya visto antes y que no haya conducido a la actual situación de Francia. Hollande y Melenchon dicen y proponen lo de siempre.

Frente a ellos, Marine Le Pen, con un mensaje bien diferente, quiere acabar con el proceso de inmigración masiva y, por asociación, con la criminalidad disparada. Busca sacar a Francia de la eurozona y volver al franco. Pide una "primavera árabe" para Francia y una revolución democrática. Llega incluso a pedir la intervención del mercado para posprecios del petróleo y del gas. Este discurso es el más popular entre los jóvenes franceses con un 26% de la intención de voto. ¿Por qué? Pues por las siguientes razones:

Primero, porque el modelo de progreso y de enriquecimiento económico actualmente existente en Francia, como en toda Europa, está siendo severamente cuestionado. En segundo lugar, porque está surgiendo en toda Europa un poderoso sentimiento antiinmigración que se busca reprimir con leyes, periodistas apesebrados y, a veces, también con "fiscales especiales". En tercer lugar, porque lo étnico y lo nacional está recorriendo Europa, de modo análogo al espectro que Marx creía ver en el comunismo, como rezaba el comienzo de su famoso Manifiesto comunista. Paralelamente a éste fenómeno, lo global y lo transnacional están en declive entre la gente, aunque no entre la clase política, mediática y financiera.

Y es que, hoy, la libertad, el futuro y la prosperidad, tanto material como espiritual, está en el retorno a las identidades; no en las recetas embrutecedoras y tiránicas del mercado global. La construcción de la futura Unión Europea, en plena sintonía con los fines del capital internacional, podrá imponerse solo venciendo una creciente resistencia popular. Esto pondrá en evidencia que la retórica "democrática", "humanitaria", "solidaria", etc, no es sino la careta de ese poder que necesita despojar a los pueblos de la voluntad de resistir al cambio, que anhela aniquilar la firme decisión popular por seguir siendo lo que uno siempre fue y no un conglomerado multiétnico, embrutecido por un consumismo ciego y siempre ansioso de ficticias necesidades materiales. Las grandes crisis tienen la ventaja de unir a los pueblos y esta no será diferente. Hay aguas subterráneas que nadie conseguirá parar.


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