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Antonio Colinas escribió hace un par de años un libro delicioso. A raíz de un viaje a China hubo algo en él que se conmovió. Un escalofrío de belleza hizo mella en su interior. Tomó apuntes de las ciudades y de los juncos, de versos y de paisajes, de miradas y de colores. Todo ello nos dejó La simiente enterrada, un viaje a China (Siruela). En esa prosa tan reposada, tan llena de sugerencias y de luz.
Y lo he recordado porque estas semanas he leído varios libros de interés relacionados con China. Y he visto una película que considero una verdadera obra maestra: Hero, de Zhang Yimou. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. Les recomiendo verla porque el heroísmo de su drama se sustenta en una estética sin parangón. Las emociones son toda una épica cromática, una lucha incesante de miradas y signos. ¡Qué espectáculo! Deleite visual y espiritual de primer orden. Y uno recuerda el cine de Akira Kurosawa. Pero sigamos con los libros.
Esos libros de ambiente chino que decía he leído son los que siguen. El primero Pasajera del silencio, de Fabienne Verdier (Salamandra). "Diez años de iniciación en China", reza el subtítulo. Un libro sobre el arte de la caligrafía como lenguaje y símbolo de un conocimiento que va mucho más allá de la comunicación. Representa la caligrafía china un arte en sí mismo, una representación del mundo en el perfil de su dibujo, un idioma que transforma lo perceptible. Pero el libro de la investigadora francesa es también viaje, diario, ensayo. Todo ello con dosis de novela y una gran sensibilidad lírica. (En la película Hero la caligrafía es también protagonista).
Y un libro que complementa perfectamente al de Verdier es La escritura poética china (seguido de una antología de poemas de los Tang), de François Cheng (Pre-textos). ¿Qué decir? Por una parte un estudio riguroso y concienzudo de la belleza, digo... de la poesía china desde sus comienzos, en toda su granada tradición. Poesía que escribe una perspectiva del instante eterno, que desarrolla un esbozo de lo sagrado hasta dar en la música de la brisa. Pintura de los sentimientos, pincel del pensamiento que desgrana la zozobra del tiempo y la morada de la maravilla. Cada sílaba es en la escritura china comunión y mito. Almateria. Y la antología de poemas que sigue al ensayo es el mejor ejemplo de la grandeza de la poesía china. Su levedad es directamente proporcional a su delicia. Se escucha aquí "el río profundo" de nuestras vidas. "Día de primavera en el horizonte, / en el horizonte donde el sol ya declina. / Se oye cantar a un ruiseñor como si, con lágrimas, / humedeciera la más alta flor".
Y ahora un libro clásico de la literatura china (aunque ¿hay algo en esa gran literatura que no sea clásico, esencial?). Los mandarines, de Wu Jingzi (Seix Barral), escritor de primera mitad del siglo XVIII, es un ejercicio de muchas cosas. Del destino de un hombre y su actitud moral, de testimonio universal de la degradación del poder, de sátira social, no poco de autobiografía, de análisis de costumbres… Cuando lo leía me transportaba a veces a El Satiricón de Petronio (Gredos), o a ese inventario de vicios y virtudes tan propio de La Comedia Humana de Balzac o, salvando las distancias, del mejor Norman Mailer. Jingzi es un empedernido observador de la realidad que le circunda, pero también se palpa a sí mismo. Es un sociólogo del comportamiento humano. Contempla e interpreta los detalles, los prejuicios, las medias verdades… Pero esa realidad no se queda en lo superficial, ni en una moralina cansina. Por eso su libro es de tan amena lectura, tan actual, tan moderno. Es un libro indispensable. Repito: indispensable. (A propósito, no hay que dejar de mencionar que la versión de Laureano Ramírez Bellerín le supuso el Premio Nacional de Traducción).
Termino con dos novelas de nuestros días. La detectivesca El ojo de jade, de Diane Wei Liang (Siruela), conjuga la intriga y la más reciente y lúgubre historia china. Secretos, temores, audacia… El arrojo de una gran mujer -Mei- y la ágil y estupenda escritura de la autora. Un descubrimiento que me ha entusiasmado. Porque es trepidante, pero sobre todo porque uno siente que se encuentra ante una novelista que merece la pena. También me ha gustado La vida secreta de Joya de Oriente, de Maureen Lindley (El Andén), basada en un personaje femenino fascinante. Toda una princesa china que quiere sentirse libre y se rebela contra lo establecido de un protocolo asfixiante. Que huye en busca de una vida más plena, y viaja por la geografía de un desamor inevitable. Y acaba topándose con los muros de su propio hedonismo (el placer por el placer le conduce al desasosiego). La historia de una mujer que no sabe qué hacer con el peso de su melancolía y sensibilidad, con un corazón tan ansioso de aventura -espía que expía en su vida una continua insatisfacción- como impotente para alcanzar un poco de felicidad. Ni la gripe consigue que dejes su lectura. Una novela bien narrada y muy sugerente.
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