Robert David Putnam es un célebre politólogo de la Universidad de Harvard que se hizo famoso en 2000 con su ensayo Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community (Jugando solos a los bolos: colapso y resurrección de la comunidad americana). El libro, ampliación de un artículo del mismo título publicado en el Journal of Democracy en 1995, aducía que los Estados Unidos, durante los años 60, habían sufrido un colapso sin precedentes en su vida política, cívica, social y asociativa, que acarreaba consecuencias negativas muy serias. El ejemplo de Putnam era muy significativo: habían aumentado los jugadores de bolos –bowling alone– pero habían disminuido el número de equipos de bolos. La sociedad americana estaba en vías de desintegración.
El artículo, y más tarde el libro, acapararon para Putnam una buena parte del interés intelectual de la América de entonces. Incluso consiguió que el presidente Clinton le invitara a la Casa Blanca.
Ahora acaba de aparecer en los Estados Unidos un nuevo libro de Putnam titulado E Pluribus Unum: Diversity and Community in the 21st Century (De muchos, uno: diversidad y comunidad en el siglo XXI). La obra es el resultado de un trabajo de campo de cinco años de duración y 30.000 entrevistas realizadas en 41 localidades de los Estados Unidos.
La conclusión desafía directamente la idea tan querida del progresismo norteamericano –y también del español, desde el "centro derecha" hasta Izquierda Hundida- de que "nuestra diversidad es nuestra fuerza".
Todo el trabajo de investigación de Putnam le lleva a concluir, en contra de sus creencias "progresistas", que la diversidad étnica y racial puede ser devastadora para las comunidades, además de profundamente destructora de los valores comunitarios. Según Putnam, cuanto mayor es la diversidad mayor es la desconfianza. En comunidades racial y étnicamente mezcladas, la gente no solo desconfía de los extraños sino que no se fía de los que son como ellos. Se retraen del mundo ensimismados, apoyan menos las actividades comunitarias y votan menos. Dice Putnam: "La gente que viven en colectivos étnicamente diversos parece adoptar una postura defensiva, es decir, recogerse como una tortuga". Tienden, dice, "a retraerse incluso respecto de los amigos íntimos, a esperar menos de su comunidad y de sus líderes, a hacer menos cosas voluntariamente, a dar menos en obras de caridad y a trabajar con menos frecuencia en proyectos comunitarios, a empadronarse menos, a agitar más a favor de la reforma social pero con menos fe en que pueda servir para algo, y a apoltronarse con frustración en frente del televisor".
Sus conclusiones han sido empíricamente las mismas en localidades grandes y pequeñas, desde los gigantescos Los Ángeles, Chicago, Houston y Boston hasta las diminutas Yakima, en Washington, las áreas rurales de Dakota del Sur y las regiones montañosas de Virginia Occidental. En los diversos San Francisco y Los Ángeles, cerca del 30 por ciento de la gente decía confiar en sus vecinos. En las comunidades étnicamente homogéneas de las Dakotas, la cifra aumentaba hasta el 70-80 por ciento.
Por si fuera poco, Putnam añade una frase inquietante: sus hallazgos "pueden subestimar los efectos reales del retraimiento social". Además, este efecto de desintegración individualista sucede igual entre norteamericanos nacidos en los años 20 que en los años 70 y tampoco se ve afectado por el nivel socioeconómico.
El estudio de Putnam llega en un momento político de los Estados Unidos en que tanto el presidente republicano George W. Bush como el senador demócrata Edgard Kennedy intentan aprobar una ley para regularizar a un número comprendido entre 12 y 20 millones de ilegales. Pese a que la América media y humilde se ha movilizado contra la medida, la elite política pretende imponer una ley absolutamente impopular. Ciudades como Hazleton, en Pennsylvania, y Farmers Branch, en Texas, castigan a los terratenientes que arriendan negocios o contratan a indocumentados y sus líderes locales han sido llevados a los tribunales por organizaciones de "derechos civiles" como la "American Civil Liberties Union". Arizona ha aprobado una ley para ilegalizar y cerrar los negocios que empleen a inmigrantes ilegales y ya han comenzado las protestas por la retirada de las tropas de la Guardia Nacional de la frontera con México. El Departamento de Seguridad Interior ha empezado a perseguir a aquellas empresas que contraten ilegales y Mitt Romney ha atacado duramente, y con mucho éxito, a Rudi Giuliani –tótem del "centro derecha" español- por convertir la ciudad de Nueva York en una especie de santuario en el que la policía no puede investigar si un delincuente es o no un inmigrante ilegal.
En los Estados Unidos, como en todas partes, la inmigración, legal o ilegal, es rechazada por la gente y aceptada e impuesta por el complejo político-periodístico. Los efectos deletéreos de la inmigración no pasan desapercibidos a la observación científica –no ideológica- de la realidad. En este aspecto, como en lo relativo a la economía o a la política exterior, los Estados Unidos enfrentan un nuevo y letal factor de decadencia que amenaza con arruinar a la república. Algunos creemos que la ruina de los Estados Unidos es un revés del que posiblemente Occidente ya no pueda recuperarse. Con una UE convertida en asamblea de politicastros inoperantes y una Francia, Inglaterra o Alemania convertidas en potencias de segunda e incluso de tercera fila, minadas por la balcanización multiétnica y el individualismo social, la decadencia de los Estados Unidos puede llevar a que un mundo profundamente antioccidental pueda tomarse la revancha definitiva. Sin los Estados Unidos cualquier locura antioccidental, cualquier afán de venganza justificado o no, es posible.
Por eso los que manipulan la política exterior norteamericana, los que diseñaron la guerra de Irak y los que están dispuestos a sacrificarnos a todos en favor de la locura mesiánica de un pequeño Estado de Oriente Medio, son los primeros enemigos de nuestros pueblos y deben ser por ello combatidos.
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