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ETA ha manchado de sangre el optimismo de José Luis Rodríguez Zapatero.
Tres heridos sobre la mesa del presidente del Gobierno compartiendo el
protagonismo con los ecos de sus estupendas expectativas del "proceso". Los
servicios de información de la lucha antiterrorista han venido advirtiendo el
diagnóstico pesimista: La banda seguirá a lo suyo hasta lograr "la independencia
de Euskal Herria".
En otras palabras: un coche bomba en la T-4
para que nadie olvide, y menos el jefe del Ejecutivo, que nada puede hacerse sin
ETA. Podrán ceder en tiempo pero no en el fondo de su reivindicación
irrenunciable de la construcción de la gran patria vasca. Eso supone aceptar el
gradualismo de los emisarios de Rodríguez Zapatero, tal vez, e incluso
con todo lo pacíficas y democráticas que se quieran esas vías, pero no renuncian
a ella en los plazos y modos que pudieran pactarse en una mesa de
negociación.
Los heridos de Barajas son un aviso al Gobierno de José
Luis Rodríguez Zapatero para comunicarle que ETA sigue vigilando, que hay
que contar con ella y que si los pasos del socialismo gobernante no van
realmente por el camino de la secesión del País Vasco, la banda terrorista
volverá a matar, o a intentar matar, como pueda y donde pueda. Y seguirá
mientras desde fuera de su entorno, desde la propia presidencia del Gobierno,
les acaricien los oídos con la cantinela: hay un conflicto pendiente, por la vía
policial no se consigue nada, todo seguirá igual mientras no se reconozca a los
vascos su derecho a decidir. Alarmante, pero lógico.
¿Cómo es posible
hacer política en un charco de sangre? Pregunta para el presidente del Gobierno
que, como si estos hachazos fueran incidentes menores, quiere hacer política con
ETA-Batasuna con toda normalidad. Debería echar el balón fuera y recapacitar
hasta que en el País Vasco se pueda hacer política como en el resto de España.
Sobran palabras y faltan hechos en la actitud de Rodríguez Zapatero que
tiene los medios y la obligación de perseguir a la bestia y a quienes la
alimentan. Es muy simple.
Pero a Rodríguez Zapatero le cuesta
aceptar que la realidad le está estropeando los titulares que jaleaban un
proceso construido sobre bases ciertamente endebles (la falta de consenso
democrático, el principal error). Su actitud recuerda la confusión que llegó a
bloquear y obcecar al Gobierno de José María Aznar horas después del
atentado del 11-M. La situación se ha puesto difícil y resulta inimaginable
concebir la negociación con la actividad etarra a casi pleno rendimiento. El
jefe del Ejecutivo debe reaccionar y recuperar aquel lema de Felipe
González compartido por Aznar, aquel luminoso "que pierdan toda esperanza",
y plasmado en el Pacto Antiterrorista.
No son tiempos para la meditación.
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