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Una amplia mayoría de los trabajadores de RTVE han dado su conformidad a un plan
de ajuste de cuentas cuya consecuencia más grave es la de prescindir de la mitad
de la plantilla. Los empleados con más de 52 años, unos 4.150, están llamados
nominalmente a engrosar las clases pasivas del Estado o a encontrar un nuevo
postor en la lonja audiovisual. El sorprendente y sumiso asentimiento se ha
producido tras una negociación larga e incruenta, salvando algunas resistencias
y encontronazos iniciales, bajo una fuerte presión social del resto de
operadores e intereses aledaños y el trasfondo de una profunda y cundida
desilusión por el futuro de esta empresa entre los propios votantes.
Mientras la última directora general y flamante liquidadora provisional,
Carmen Caffarel, hacía saltar por los aires con una gran
puntería la fortaleza, el nervio y la credibilidad de RTVE, el curtido
presidente de la SEPI, Enrique Martínez Robles, se empleaba a
fondo para reducir la operatividad de la cadena pública, mermar la competencia
en el sector y vencer los eventuales y sucesivos desacuerdos con cesiones y
ventajas calculadas.
El resultado del referéndum en RTVE ha producido
reacciones dispares, de punta a punta. Hay quien ha considerado la iniciativa de
la brutal reconversión como un plan paulatino y premeditado para dar holgura a
otras ofertas de cuño analógico reciente. Traspasada su audiencia y publicidad,
faltaba únicamente maniatar el activo más poderoso del operador público, que es
su personal. Otros han dicho que éste ha sido un viaje para otras alforjas o que
le han tomado visiblemente la calva a aquellos célebres sabios que parieron en
nueve meses una criatura bien distinta y sin deformar. El presidente del
Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha apresurado
demagógicamente a recolocar el presupuesto de RTVE en becas e investigación sin
renunciar a los primeros y más favorecedores
planos.
Caffarel ha hecho uso de un calificativo
extenuado por la frecuencia con la que lo emplea; ha dicho que el acuerdo es
"histórico" y que lo más gravoso hubiera sido no hacer nada (habría que añadir:
bueno). Un profesional de RTVE, con varias décadas de experiencia a sus
espaldas, declaró que la tajadura laboral le parece una "salvajada", cuyas
funestas consecuencias se apreciarán muy pronto.
Hace falta una reforma
en RTVE que compaginara, inteligentemente, la rentabilidad y los fines de un
servicio público con una reestructuración adecuada de su abultada y dispersa
nómina. Era imprescindible también resolver el impacto de una deuda que se ha
dejado crecer en los últimos años para acentuar la alarma y justificar la
lapidaria conclusión. Yo creo que, aprovechando las dos opiniones, se ha
cometido en RTVE una salvajada histórica que, estirando el argumento oficial,
hará prescindibles incluso a las cenizas. Hemos pasado del pozo sin fondo a la
cantera agotada.
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