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27 junio 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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El problema final

El título de este artículo es el mismo del relato en el que Sherlock Holmes se despeña, junto con su archienemigo el profesor Moriarty, en las cataratas Reichenbach, en Suiza. El texto data de diciembre de 1893. Algo más tarde, tras la muerte aparente del universal detective, Sir Arthur Conan Doyle le trajo de nuevo a la vida literaria en 1903 (La aventura de la casa deshabitada), cuando miles de sus lectores protestaron llevando en su vestimenta crespones negros.

Éste es el último artículo que publicaremos en El Semanal Digital después de quince años sin faltar a la cita. Nuestra desaparición, salvando las distancias, será en cierto modo equiparable a la caída de Sherlock Holmes en lucha con su formidable enemigo. Desde luego, en esta columna no gozamos de las capacidades atribuidas al mundialmente conocido detective ni tampoco de la popularidad del célebre médico inglés. Entre otras cosas, los temas que tratamos son demasiado poco "populares". Se hallan demasiado distantes respecto de la ideología dominante y además, sin duda, nuestras capacidades quedan muy lejos de las del inmortal escritor. Hay una cosa, sin embargo, en la que sí que nos parecemos: el formidable enemigo al que hemos decidido enfrentar.

Nos queda por tanto concretar quién es el Moriarty de los tiempos de hoy. Es sabido que Arthur Conan Doyle se inspiro en Adam Worth, un brillante criminal judeo-alemán, para construir el personaje que sirve de contrapunto a la inteligencia benéfica de Sherlock Holmes. Hoy, a la vista de cómo está el patio mundial, Worth sería poco menos que una hermanita de la caridad.

Para empezar, el mal no se circunscribe ya en nuestro mundo a personas concretas; es más bien una moda, una corriente poderosa que arrastra a millones y en la que, por desgracia, son demasiado numerosos los individuos destacados. Por este motivo, más que exponer los tejemanejes de individuos concretos, desde los inicios de esta columna en El Semanal Digital hemos decidido, por elevación, ocuparnos del espíritu de los tiempos. Moriarty sería, más que una persona, una manera de ser y estar en el mundo, una manera de hacer.

Para cualquiera con un pensamiento profundo y a la vez coherente, el análisis de la vida política, social y, en definitiva, humana, lleva forzosamente a pensar en lo Alto. No es la primera vez que reiteramos que toda posición política que busca determinar cómo tienen que relacionarse los hombres es, en el fondo, una pregunta por el sentido de la vida humana. Así, "vida humana" y "sentido" son indisociables de la pregunta por Dios. De ahí que en esta columna, desde sus inicios, nos hayamos referido con frecuencia a esta cuestión y la hayamos analizado y defendido en los términos en que es usual en Europa desde que tal concepto existe; es decir, en clave cristiana.

Por eso también, nuestra frecuente defensa de la idea de Verdad nos ha llevado a una indudable pasión por ser veraces, prefiriendo la denuncia o, cuando no era posible otra cosa, la renuncia a pronunciarnos ante lo que es mentira. Nunca hemos intentado mantener poses conciliadoras con el signo de los tiempos. Decía Romano Guardini, en sus Cartas para la formación de sí mismo, que "la firme resolución de ser veraz no es arrogancia. No puede significar querer imponerse siempre, erigirse en juez de todo, saber más que nadie, evaluarlo todo y declarar infalibles las propias percepciones y opiniones". Eso no puede ser más que soberbia. Guardini añadía que "nuestra veracidad tiene que ser culto divino" porque "nuestro ser verdaderos tiene sentido de acercarnos a Dios". De ahí que queramos "hacer verdaderas nuestra forma de ser y nuestra vida para que se conformen a Él".

Esta conformación de la vida al más alto ideal al que puede aspirar el hombre no se hace con declaraciones altisonantes sino con la cuidadosa vivencia de un día a día digno. Por eso dice Guardini que "cuando alguien responde con sinceridad a una pregunta: en sus palabras está presente y actúa Dios. Cuando alguien sirve a una gran causa sin buscar nada a cambio: en su tarea está presente y actúa Dios. Cuando dos personas mantienen una amistad leal: en su amistad está presente y actúa Dios. Así pues, en las personas que son verdaderas y que actúan, hablan y piensan con verdad está el Reino vivo de Dios". Por consiguiente, no hace falta hablar todo el rato de Dios para que nuestra vida se conforme a Él. Desgraciadamente, los hombres de esta época casi nunca se interrogan por la veracidad de sus vidas.

Es en tal espíritu en el que nos coge este hiato hasta la próxima aparición. Es en tal espíritu en el que nos coge este hiato hasta la próxima aparición. Parece que ESdiario guarda un espacio para nuestra columna. Ahí parece que encontraremos la "casa deshabitada" donde proseguir nuestra aventura.


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