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24 abril 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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Ingeniería del lenguaje

El separatismo sólo ha dejado de ser marginal en Cataluña cuando ha empleado esta forma eufemística. Visto el éxito, los antimonárquicos han tomado nota.

El nacionalismo aprovechó la instauración democrática en España y las competencias autonómicas para llevar a cabo una gigantesca labor de ingeniería social. Desde el control de los medios de comunicación o la educación a políticas lingüísticas, culturales o institucionales. El lenguaje, las palabras, en tanto portadoras de ideas, son parte fundamental del proceso de ingeniería. Su modificación, alteración o sustitución por otras más adecuadas es una constante de todo movimiento nacionalista, democrático o no.

Banda terrorista pasó a ser "grupo armado", un atentado una "acción", el separatismo es hoy "soberanismo", "normalización lingüística" significa sumergir a los niños en el monolingüismo, y el término administrativo "Estado" sustituye a la nación, a España, vocablo absolutamente vetado y del que hay que obviar también sus derivados y hasta su propia existencia.

La forma en la que presentar las ideas es determinante para que estas triunfen o fracasen. Cuando el referendo quebequés del 98, los estudios sociológicos advertían que el apoyo a la secesión bajaba 20 puntos, ahí es nada, si se empleaba el término "independencia" en lugar de "soberanía". Y lo mismo con "decidir" y "separarse".

Existe una construcción que ha alcanzado gran predicamento y que por si sola ha logrado moldear la realidad sociológica, es el "derecho a decidir". El separatismo sólo ha dejado de ser marginal en Cataluña cuando ha empleado esta forma eufemística. Cuando ha abandonado la fórmula habitual –"independencia"- y ha optado por una no sólo más aceptable sino en apariencia incuestionable: darle a la ciudadanía la posibilidad de escoger.

Reconocerle al pueblo un derecho. Más cuando este derecho sólo implica poder "decidir". No importa que tal derecho no exista salvo para casos de ocupación militar, violación de los derechos humanos o situación colonial. No importa que la Constitución Española ni ninguna otra en el Mundo reconozcan la autodeterminación. No importa que el sujeto de ese derecho habría de ser, en todo caso, el cuerpo nacional completo, no una parte. No importa nada de eso, la potencia del enunciado lo hace casi irrefutable.

Para desenmascararlo hace falta demasiado tiempo, demasiados argumentos, mientras que la citada construcción es directa, emocional y apela a un valor tan elevado en el imaginario colectivo como el principio democrático. Visto el éxito cosechado, otros se afanan a envolver su producto político con el mismo llamativo embalaje. Los antimonárquicos ya no exigen el advenimiento de la República (exigencia que, como tal, nunca trascendió la marginalidad política), piden un referéndum "sobre el modelo de Estado" que ya apoyan casi 2/3 de españoles según reciente encuesta de El País.

Así las cosas no ha de extrañar que el porcentaje de catalanes partidarios de "poder decidir" esté próximo al 90%. El Gobierno central no podrá sostener un porcentaje así durante mucho tiempo. Y si finalmente cede, si cae en la trampa del lenguaje, entonces el secesionismo habrá ganado.


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