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Mas no ha hecho otra cosa más que profundizar en lo que ya aplicaron otros anteriores a él: el victimismo de la clase política catalana para justificar la deriva secesionista. |
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Es un lugar común entre de las tesis nacionalistas decir que el culpable de la
situación lamentable de Cataluña es "España", como si ellos no tuvieran nada que
ocultar ni que decir. Qué jeta, madre.
Pero hasta aquí nada nuevo: con la
misma cara dura que presentan a Rafael Casanova como un luchador por la
"independencia" de Cataluña, hacen las cuentas del Gran Capitán y, eso sí,
ayudados de los impuestos de todos, financian un "think tank" que les da la
razón. Resultado: los sucesivos gobiernos de CiU no son corruptos e ineptos, no.
Tampoco fue incompetente, sectario e incapaz el frentepopulista "tripartito". La
culpa es de "España. Semejante calaña de embusteros e inútiles era previsible
que fuera muy capaz de envenenar la sociedad catalana, de manera que al final
uno encontrara a un tipo de Soria y a otro de Logroño, cuyos hijos se llaman
Josep o Carles abogando por la "independencia de
Catalunya".
Algo similar podía suceder incluso con un "catalán de origen
marroquí o subsahariano", como gusta a los colegas de la checa de "Omnium
Cultural" y otras dependencias del soviet local. No es de extrañar que la
polución ideológica haya llegado hasta personajes cuyo nulo calado es
directamente proporcional a su arrogancia. Es el caso del pobre Pep
Guardiola, que también vota por la "independencia", quizás por pensar que su
puesto de simple entrenador de un equipo de fútbol se le quedaba pequeño a él,
un verdadero Alcibíades de los tiempos que corren, y que eso le da
derecho a opinar con justicia sobre cuestiones de las que no sabe absolutamente
nada.
Pero no estamos aquí para criticar lo que está al alcance de
cualquiera que se tome la molestia de conocer la sima de necedad del
nacionalismo catalán. Esta cuestión es tan evidente para un observador no
superficial que solo puede conjurarse con contra-argumentos alusivos a la
procedencia geográfica de las críticas -normalmente "Madrid", o
similar.
La idea es analizar un poco lo que tienen enfrente o, mejor
dicho, lo que no es "nacionalista", en el sentido de defender el "orden
constitucional". Resulta que nos encontramos a la izquierda con que Alfredo
Pérez Rubalcaba, en la rueda de prensa mantenida tras la última ejecutiva
federal del PSOE, ha mostrado su preocupación por la "creciente tensión
territorial" de Cataluña con el resto de España por una situación que tiene un
origen fiscal y financiero en parte y en cuya resolución -ha dicho- el PSC debe
jugar un "papel clave".
También a la izquierda, según una entrevista
realizada por RNE y recogida por Europa Press el pasado 13 de
septiembre, el coordinador general de Izquierda Unida Cayo Lara piensa
que "Artur Mas está aprovechando bien unas cartas para decir a los
catalanes una cosa muy sencilla: Miren ustedes, si nosotros hacemos el pacto
fiscal y España nos paga lo que nos debe, nosotros aquí vamos a ser más
felices". Unos y otros creen que todo es una cuestión fiscal que puede
fracturar la "convivencia". En esencia, como se ve, son las mismas
ideas.
Pero en el caso de la "derecha", o "centro-derecha" o
"centro-reformista" la cosa, para mi asombro, resulta que no es demasiado
diferente: según el diario La Razón, para el ministro de Asuntos
Exteriores y de Cooperación, José Manuel García-Margallo, resulta
"´bastante absurdo´ que se plantee el debate sobre la independencia de Cataluña
en la era de la globalización, en la que ´solo las organizaciones fuertes
sobreviven, las otras corren el riesgo de ahogarse´". Según el mencionado diario
que cita a García-Margallo, "en la UE, el debate actual coincide en que
se está en la era postnacional y por tanto no se discute sobre convertir
a la UE en ´una federación de estados nación, que es lo que tenemos ahora, sino
una auténtica unión federal´". Por consecuencia, siempre según "La Razón", el
ministro cree que es "bastante absurdo el plantear un debate que en el mejor de
los casos es en términos del siglo XX y en el peor del XIX".
Por si fuera
poco, el paradigma de la respuesta anti-izquierdista esencialmente cabreada,
tenemos a Federico Jiménez Losantos, que ha escrito en El Mundo un
artículo titulado Adéu (13.9.2012), en el que expone su visión del órdago
lanzado por el presidente de la Generalitat. Losantos, casi siempre,
comete el error de pensar que la indecencia de sus enemigos es suficiente para
validar las opciones que él sostiene. En el citado artículo ironiza sobre la
ridiculeces del nacionalismo catalán, cuyo victimismo jamás ha aceptado los
cambios introducidos una y otra vez en la estructura del Estado, incluso con el
concurso de un par de "Padres de la Constitución" catalanistas. Luego, señala la
extorsión que el nacionalismo catalán ha hecho de su relación con el gobierno
central y concluye: "Pero el caudillet sería el mendigo más fatuo de la Tierra
si creyera que seguiremos pagando su desprecio. Agradezcamos la gentileza de
anunciarnos que su Estado está en marcha y es irreversible. Pero no estropeemos
la despedida regateando. No nos robemos más. No desluzcamos los adioses
pretendiendo que España pague las deudas de Cataluña y la siente en la Unión
Europea, cuya moneda, dijo Mas, piensa fortalecer. Alemania, sin duda,
respirará tras conocer el apoyo del bono-basura catalán al euro, pero España no
tiene remedio. Así que divorcio, inmediato, ya. Pensión, ni hablar. Adéu siau".
En resumen, a este lado del frente, en el de los "constitucionalistas",
la cosa se resume en una cuestión de organización fiscal, de dinero al fin y al
cabo, y de facilitar la evolución de las estructuras de poder que garantizan una
eficiencia mayor del mercado mundial en expansión. En el mejor de los casos, se
aduce una crítica más profunda (aunque solo superficialmente) contra las
posturas "identitarias", dentro de las cuales, no sin cierto cinismo, se ha
incluido por igual a CiU, ERC y todo el batiburrillo de pobres diablos que, con
unas u otras siglas, han reivindicado la "independencia de Cataluña".
Sin embargo no es difícil comprobar que esto no es como lo presentan. Si
la globalización supone el fin de las identidades en el altar del mercado, mucho
nos tememos que lo que hoy se denomina "nacionalismo catalán" no solo es que no
haya consolidado la identidad real de Cataluña, sino que solo lo ha hecho en la
medida en que se excluía cualquier asomo del pasado español de Cataluña.
Mientras tanto han defendido proyectos políticos en línea con la estrategia del
capital global (CiU) o con el cosmopolitismo multicultural, así mismo en línea
con la citada estrategia (ERC). Desde la Generalitat se ha hecho la vista gorda,
cuando no tolerado y alentado, procesos como la persecución legal de las
familias (más si son numerosas), la balcanización multiétnica, el invierno
demográfico y el modelo económico liberal capitalista, tanto con CiU como con el
"tripartito". Cataluña pierde, como perdemos todos, a medida que la
globalización avanza, de manera que los denominados "independentistas" no son
más que la consolidación de una clase corrupta y arribista que viste con lo
catalán y expresa en catalán las consignas que, adaptadas a circunstancias
diversas en todo el mundo, van poco a poco consolidando el proyecto
mundializador de un único supra-Estado sin naciones. Simplemente quieren
gestionar la propia sucursal de un negocio planetario.
Por todo ello
falta la verdadera respuesta. Esa respuesta solo puede ser española como lo es
el verdadero pasado de Cataluña. La identidad catalana que, como otras
identidades, ni es "excluyente" ni presupone el "odio" del otro, es una faceta
más en la que se expresa el hecho humano en toda su plenitud y por ello debe ser
respetada y protegida. Resulta necio o aviesamente interesado ocultar la
contribución catalana a la gesta española de una comunidad popular que es un
sujeto histórico real de Occidente, y no una invención como sí que son las
delirantes pretensiones nacionalistas en torno a "naciones ocupadas" que nunca
existieron.
Todo esto puede que a alguien le suene demasiado teórico. No
es cierto. Son precisamente ideas quienes convocaron a miles de españoles el
pasado 11 de septiembre con motivo de la "Diada"; ideas fruto de varias décadas
de manipulación nacionalista en torno a falsedades que pueden ser fácilmente
desenmascaradas. Pero son ideas. Frente a ello solo ha existido la pasividad, la
inoperancia o ideas erradas. Para España, la pérdida de Cataluña sería como para
un padre la muerte de un hijo. No es una cuestión fiscal, que siempre puede
arreglarse o revisarse, sino un asunto histórico, incluso antropológico y
espiritual, de destrucción de una de las cuatro naciones que han hecho la
historia de Occidente. De momento, somos millones los que sí que estamos
fatigados -en palabras de Mas- de una clase política podrida hasta el tuétano
que mienten en función de sus intereses cortijeros. Las propuestas del
ultraliberalismo, enrocado en su fracaso, es quién en realidad nos ha conducido
a la actual situación. Y es que de momento nadie ha gritado con el corazón un
"Visca Catalunya" puro y sincero. Nadie ha reivindicado con decisión la
identidad catalana para España, tal y como pretendieron los catalanes que
durante siglos dieron su sangre para que España fuera mejor.
Tan solo se
han oído las necedades de la mentira y la propaganda pero, como siempre ocurre,
los hijos de la traición solo tendrán su momento.
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