La sombra del Pasok es alargada. El hundimiento de los socialistas griegos ha sembrado la inquietud en el equipo de Rubalcaba, no tanto porque tema correr la misma suerte, sino porque estimula la insumisión en el seno del partido. El patio de Ferraz anda más revuelto que nunca. Tanto por el ERE laboral como por el ERE político que se trajinan en la trastienda algunos barones contra la dirección. El despido de decenas de trabajadores y lo pésimamente que se ha gestionado traerá consecuencias. No basta con jurar que "no aplicaremos la reforma laboral de Rajoy", como si con ello el despido estuviera más justificado o fuera indoloro. Ridículo. Lo han hecho mal y han revelado que el PSOE es como cualquier empresario al que no le tiembla la mano a la hora de reducir plantilla.
Un serio golpe a la pálida imagen del partido, que no remonta en las encuestas, mientras UPyD e IU le roban terreno a derecha e izquierda. Los sondeos dibujan un PSOE con encefalograma plano. Rubalcaba no acaba de sintonizar con la calle. Han pasado cinco meses desde el congreso de Sevilla y no logra ganarse la confianza del ciudadano. Tampoco el equipo que ha escogido parece ayudarle mucho. Tanto Elena Valenciano como Soraya Rodríguez tienen cualidades y no carecen de arrojo, pero se topan con numerosas zancadillas dentro del propio partido, como si no les reconocieran los galones. Sólo Oscar López, que está asumiendo cada vez más protagonismo, aguanta el tipo dentro y fuera de casa.
Un ambiente tan enrarecido sólo puede obedecer a una cosa: una profunda crisis de liderazgo. Las heridas abiertas en el congreso de Sevilla, lejos de haberse cauterizado, supuran al menor encontronazo. Así se vio cuando Carme Chacón le dobló el pulso a Rubalcaba en el caso Bankia. Y así se está viendo ahora a propósito de qué modelo de oposición debe hacerse a Rajoy. El secretario general y sus capitanes han optado por repartirse los papeles: el primero, más institucional; los segundos, críticos hasta el radicalismo.
Pero la táctica del "poli bueno, poli malo" no funciona. La credibilidad en el PSOE está muy resentida. Y cunde el nerviosismo en las filas socialistas. Aún más acentuado por el caso griego. En esto ha reaparecido el ínclito Tomás Gómez, que ya se postula abiertamente como el Alexis Tsipras hispano, el caudillo de una izquierda radical y genuinamente marxista. Es verdad que entre Gómez y Rubalcaba existe incompatibilidad de caracteres, más allá de cualquier desavenencia intelectual, pero el hundimiento del Pasok le ha dado al barón madrileño la excusa perfecta para encabezar la rebelión. Mientras tanto, los demás barones y capitostes socialistas conspiran, ora a la sombra de Chacón, ora a la sombra de alguna vieja gloria, incluido Felipe González.