Cuenta José Luis Rodríguez Zapatero que en una de sus
conversaciones con Mariano Rajoy el líder popular le dijo que
jamás cometería el error de sobreexponerse ante los medios como él lo había
hecho.
La imagen que dio Rajoy el jueves en los
pasillos del Congreso, huyendo de la prensa como del mismísimo diablo a la voz
de "venga, venga" para abrirse hueco, refleja bien la manera en que entiende el
presidente las "democracias de audiencias" del siglo XXI.
Quienes le
preguntaban sólo pretendían que, en plena tormenta bursátil, el jefe del
Ejecutivo enviara a los españoles un mensaje de tranquilidad. Pero en vez de eso
recibieron la callada por respuesta.
El periodismo ya tiene más que
asumida la desconfianza con que Rajoy lo divisa. No es nuevo:
así era siendo líder de la oposición y ahora, en el poder, su prevención es
mayor si cabe. Tampoco lo disimula. No hace mucho, durante una conversación
informal con unos cuantos periodistas en un bar próximo al Congreso, confesó no
ver los informativos, ni escuchar la radio, ni leer la prensa. O cierta prensa,
porque de la internacional, según cuentan personas en La Moncloa, no pierde
detalle.
Se ve que el Financial Times le trata mejor...
dicho sea con la dosis de ironía que pueden ustedes imaginar.
Lógicamente, la urticaria que la prensa le produce a
Rajoy, además de estar contagiando al resto del Gobierno, se va
extendiendo por otras instituciones. Veremos hasta dónde llega al final
este problema, porque en última instancia, no nos engañemos, los perjudicados no
son los periodistas, sino los ciudadanos, que son quienes tienen derecho a estar
informados en una democracia que se rige por un sistema de opinión pública. Los
mismos ciudadanos que el sábado 9 de junio, para anunciar la ayuda europea
cienmilmillonaria a la banca, no vieron comparecer a su presidente sino
al ministro de Economía.
No entiendo que, con la que está cayendo, medio
Gobierno se permita el lujo de faltar esta semana entrante a la sesión de
control en el Congreso, cuando estando en la oposición los populares ponían el
grito en el cielo cada vez que había más de tres ausencias en la bancada azul.
Con razón el PSOE y otras formaciones se han
quejado.
Sobre la mordaza al tema
Bankia y la sangría de confianza que le supone al
PP y al Gobierno ya me he referido en otro artículo aquí mismo
y no insistiré hoy.
El respeto a la liturgia democrática es primordial y
el Parlamento y los medios de comunicación son las ventanas por las que pueden
mirar los españoles a sus políticos y al Gobierno.
Tampoco concibo que
Rajoy se resista a dar explicaciones en la Cámara Baja sobre el
rescate bancario hasta un mes después de que se haya producido, amparándose en
el Consejo Europeo que se celebrará a finales de junio. Parece haber olvidado
que el pasado 11 de agosto interrumpió su descanso estival en Sanxenxo para
exigirle a Zapatero que compareciera urgentemente en un pleno
extraordinario y hablara a corazón abierto de la "grave situación
financiera" de España.
¿Y cómo calificar lo que ya reconocen
abiertamente desde La Moncloa y desde el Grupo Parlamentario Popular: que este
año no habrá Debate sobre el Estado de la Nación hasta por lo menos septiembre?
Si es que lo hay, que yo tengo mis fundadas dudas. Al tiempo.
¿Quién mueve la cuna del
presidente?
No pocos atribuyen el hermetismo en el que se
ha instalado el presidente al gurú Pedro Arriola, a
quien la ciudadanía tiene por poco menos que un Rasputín,
después de todo lo que se ha dicho y escrito sobre él en estos años. Pero la
secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro,
llevando al extremo su teoría de que debe evitarse la sobreexposición pública
del presidente, tampoco ayuda demasiado a modular el carácter de quien
siempre ve razones para estar ausente de los medios. Teoría –la de la
sobreexposición-- que en ocasiones choca con el criterio del Gabinete de la
Presidencia, comandado por Jorge Moragas.
Y aquí
penetramos en uno de los principales focos de infección de La Moncloa: porque
dada la relación no precisamente fluida entre Martínez Castro y
Moragas -ya no lo era en Génova 13-, la Secretaría de Estado de
Comunicación y el Gabinete de la Presidencia van cada uno por su lado en vez de
remar en la misma dirección. Hasta el punto de que la Moragas´ people ha
empezado a comer terreno a Comunicación, aun de forma sibilina, arañando algunas
de sus funciones.
En medio, Soraya Sáenz de Santamaría,
que intenta taponar las múltiples vías de agua comunicativas buscando diseñar un
discurso sensato dentro de lo que a todas luces es visto por el españolito de a
pie como un puzle al que faltan muchas piezas.
Porque Sáenz de
Santamaría, más allá de ser la portavoz del Gobierno, se ha convertido
en la referencia del mismo. Consciente del peso creciente que tiene su voz, no
hace mucho se propuso fichar para su equipo a alguien que le ayude a robustecer
sus discursos.
Al margen de un presidente a la fuga y de una
vicepresidenta apagafuegos a la que se pide convertirse en arquitecta,
tenemos dos ministros económicos, Luis de Guindos y
Cristóbal Montoro, que de cuando en cuando se cruzan
declaraciones como balas; uno de Educación, José Ignacio Wert,
que cada vez que habla sube el pan o pone en pie de guerra al sector; una de
Empleo, Fátima Bañez, que parece tenerle más miedo a las ruedas
de prensa que a un nublado; uno de Justicia, Alberto
Ruiz-Gallardón, que ha pasado sin término medio de ser el perejil de
todas las salsas a poner punto en boca; y uno de Asuntos Exteriores,
José Manuel García-Margallo, que transmite la impresión de
vivir obsesionado por pasar a la historia como quien reconquistó
Gibraltar…
En definitiva, un desbarajuste de comunicación en un Gobierno
cansado de levantar el teléfono por la llamada de la Secretaría de Estado de
Comunicación para advertir a los ministros de que no se asomen demasiado a los
medios.
Seis meses después, qué quieren que les diga: empiezo a pensar
si en vez de estar ante un problema -y serio- de comunicación no estaremos ante
el problema de que no hay nada que comunicar.
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