Después de una legislatura, la segunda de José Luis
Rodríguez Zapatero, marcada por la mentira --negar la crisis
y después minimizarla para por último inventar unos brotes
verdes que nunca llegaron--, Mariano Rajoy llegó
a La Moncloa afirmando que la reforma más necesaria en España era tener un
Gobierno que dijese la verdad. Aunque doliera.
En esa dirección, su
decisión de crear una Ley de Transparencia, Acceso a la Información Pública y
Buen Gobierno parecía ser la apuesta clara de los populares por alejarse de la
opacidad gobernante, tan buena aliada siempre de los ineptos y los
corruptos. Pero el caso Bankia ha dejado en papel mojado las
buenas intenciones del PP
de Rajoy.
El manto de silencio con el que el
Gobierno quiere despachar el escándalo del rescate millonario a la cuarta
entidad financiera del país es un error mayúsculo. El presidente debería
rectificar cuando antes y escuchar a la opinión pública, que reclama --con
toda razón-- explicaciones detalladas sobre un bote salvavidas en el
que va el dinero de todos los españoles.
Rajoy
parece querer proteger a Rodrigo Rato del escarnio público,
como así se lo prometió en la reunión que ambos mantuvieron en La Moncloa el día
en que éste dimitió. Pero el precio a pagar es demasiado alto: está en juego la
credibilidad del Gobierno, por no hablar de la división que el mutismo en torno
a Bankia ha generado en las filas populares. Y de que todos los
analistas, nacionales e internacionales, e incluso las autoridades monetarias
europeas se han puesto de acuerdo en señalar lo desafortunada que ha sido la
gestión de la nacionalización de Bankia. Vamos: todo un
sindiós.
No en vano, el pasado lunes los mercados --ese tribunal
esquizofrénico que marca el paso a los gobernantes-- dictaron sentencia: el plan
para sanear Bankia crea más dudas que certidumbres. Las
Murallas de Jericó cayeron al toque de trompeta de José Ignacio
Goirigolzarri de 19.000 millones de euros de dinero público para salvar
la cuarta entidad financiera de España y la prima de riesgo superó los 500.
Cuentan en su entorno que Rajoy, un hombre tranquilo al
que el ruido externo no le hace cambiar su rutina de dormir de 11 de la noche a
7 de la mañana cada día, ese día perdió la calma ante las preocupantes noticias
que le llegaban e improvisó una rueda de prensa en la sede de su partido
aprovechando que había presidido una reunión del Comité Ejecutivo Nacional del
PP. Pero terminó, como suele decirse, haciendo un pan con unas
tortas. La prima de riesgo continuó en ascenso hasta los 540 puntos, la bolsa
perdió de golpe 7% y la palabra "intervención" se coló hasta en las
conversaciones de sobremesa de las familias españolas.
Para más inri, la
carta de Rato que se conoció el viernes y en la que
éste defendía a capa y espada su reputación --tan triturada estos días--, no
hace sino sembrar más dudas sobre lo que ha ocurrido en la trastienda de
Bankia. Y, a su vez, es un aviso a navagantes, puesto que
demuestra que quien ha sido referente del milagro económico en el centro
derecha, por llevar a España al euro y los españoles a uno de los momentos más
espectaculares de bonanza económica de su historia, no va a permitir ser
fusilado al amanecer por sus compañeros de partido y quienes fueron sus
subordinados sin presentar batalla. Su cadáver político sigue sin enterrar, y
él, político curtido en mil batallas, si por algo se caracteriza es por
sobrevivir a cuantos a lo largo de su trayectoria le han querido ver muerto
políticamente para siempre.
Mención aparte merece el mensaje en clave
interna que en esa misiva Rato dirige sin disimular a los
sectores liberales del PP: "Es una inyección brutal de
fondos para que la sociedad incremente sus provisiones de forma notable, pero
desgraciadamente ello se hace a costa de fondos públicos (2% del PIB) y causando
un grave perjuicio a sus accionistas…".
Sin duda, inyectar dinero público
a la banca contradice las ideas expresadas por el equipo de Mariano
Rajoy durante sus años de oposición. Aunque cabe recordar que el
PP no se negó cuando los gobiernos de Zapatero
inyectaron dinero del Estado para sostener a entidades financieras en apuros.
Ahora, se trataba simplemente de evitar una caída de cajas o bancos que dañaría
a sus impositores y crearía desconfianza en el total del sistema. Sin embargo,
en este caso, la recapitalización de Bankia más parece una
operación a medio plazo para dotar al Estado de un gran banco público. Matiz
este último que agita hábilmente Rato en su carta, conocedor de
que parte del liberalismo de su partido no va a acoger con satisfacción tal
postura gubernamental.
Por todo ello el líder del Ejecutivo debería
darse cuenta de que en democracia, donde imperan los sistemas de opinión
pública, tratar de resolver los asuntos conflictivos con la ancestral estrategia
de Franco de guardarlos en un cajón para que se enfríen y el
tiempo los resuelva casi nunca obtiene buenos resultados. Basta pensar, por
ejemplo, cómo le han ido las cosas al PP en Asturias por
congelar por meses la resolución del asunto Cascos. O en
Valencia, por tratar de dilatar la contrariedad Camps.
Rajoy está a tiempo de corregir la equivocación que ha
cometido --con la que arrastra a Gobierno y partido-- al privar a la ciudadanía
de explicaciones. El presidente ha presumido en más de una ocasión de ser un
hombre previsible. Ahora es el momento de demostrarlo, en su mano está.
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