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Mary Poppins rezuma virtudes constructivas que todo ser humano necesita aprender. |
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Miro la televisión y me detengo por unos instantes en ciertos canales presuntamente "infantiles". Con frecuencia se trata de imitar el mundo de los adultos y, con más frecuencia aún, es el mundo de los adultos el que es interpretado a través de "niños" que se comportan como adultos. En multitud de casos son los niños los que ven su mundo invadido por temáticas que carecen en absoluto de la inocencia y buena fe que antaño tenían las historias destinadas a ellos.
Más aún, son historias y modelos a los que falta el carácter ejemplarizante de personajes que, en los cuentos del pasado, eran en realidad arquetipos de virtudes. A través de estas historias, el niño era introducido en la pedagogía comunitaria; una pedagogía, por otro lado, totalmente constructiva. Sobre él se hacía una auténtica propedéutica para la edad adulta, que impregnaba al niño poco a poco en la comunidad de sus mayores.
Hoy se pretende "divertir", fundamentalmente con una amalgama de historias, mezcla de extraterrestres, seres fantásticos varios y personajes totalmente desarraigados de cualquier contexto cultural. Más aún, ciertos programas juegan al equívoco de utilizar métodos infantiles, como los dibujos animados, para contar historias de adultos o soterradamente ideológicas. Hablamos, por ejemplo, de Los Simpson, verdadero panegírico de la crítica por la crítica, en la que nadie queda a salvo, y que santifica la risa como medio de justificar que no quede títere con cabeza. También series como South Park, que son con frecuencia vistas por jóvenes que crecen así fuera de la inocencia habitual -en otras épocas- de su edad.
Entre esto y cosas como los absurdos videojuegos bélicos, amen de la transigencia de multitud de padres que permiten ver a sus hijos toda clase de películas indiscriminadamente, la globalización prepara ya desde la infancia y la adolescencia el individuo que prefiere. Nos referimos a ese ser atolondrado, que presume de adulto pero que constituye la encarnación viva de una superficialidad y un infantilismo hedonista y absolutamente patológico y que, por supuesto, vive y piensa totalmente al margen de cualquier conexión con su pasado y con su historia.
¿Nunca se ha parado a pensar que hoy cada vez más niños son menos "niños" que antes? Pues no es por casualidad. Por eso en estos tiempos, da gusto reivindicar, para hostigamiento de todos aquellos funcionarios del pensamiento, que se mueven sin contrariedad ni siquiera aparente en esta época gris, mortecina y fofa, da gusto reivindicar, digo, creaciones geniales como Mary Poppins.
Hecha en 1964, cuando la Disney era aún la Disney y no eso en lo que se ha convertido a partir de Michael Eisner y su gente, la obra rezuma esas virtudes constructivas que todo ser humano necesita aprender, contadas además con la ingenuidad y sencillez más tierna. La película, que trascurre en un ambiente genuinamente británico, gira en torno a una niñera misteriosa que llega con el viento y que desempeña una misión providencial para una familia desestructurada por un padre que ejerce de servil funcionario de la "banca inglesa" y por una madre obsesionada con convertirse en una politicastra feminista.
En este sentido, la película muestra una faceta políticamente incorrecta, merecedora de una demanda de cualquier "Ministerio de Igualdad", dado que hoy en su sano juicio nadie diría que una feminista pudiera hacer de "mala", aunque fuera una "mala" bastante moderada. La película ensalza el valor de la familia y poco a poco, la misteriosa Mary Poppins va corrigiendo las disfunciones de unos y de otros hasta volver a unir a la familia en torno al amor y a la comprensión mutuas; más aún, en torno al sacrificio y a la entrega de unos por los otros. Paralelamente al valor de la familia aparecen otras virtudes que podríamos llamar "nobles". Así, el desprecio por el dinero aparece escenificado en el arquetipo cómico de los banqueros y el rechazo del niño a "invertir" sus dos peniques en "la banca inglesa". Lejos de convertirse en "inversor", el niño finalmente prefiere dárselos a una humilde vendedora callejera a cambio de comida para las palomas.
También, y dentro de esa misma nobleza de espíritu, aparecen otras virtudes esencialmente aristocráticas, como la alegría y el buen humor, que en la película se encarnan en un deshollinador -Dick van Dyke-, cuya sencillez y fuerza vital suponen un auténtico canto a la nobleza del trabajador, aún del más humilde. En este mismo sentido, la idea de que la risa y la alegría permiten volar -como sucede en la película con el tío Albert- es sencillamente genial.
Por si fuera poco, la trama transcurre en medio de una gran banda sonora, con canciones muy notables que siguen perfectamente el hilo argumental y que alcanza su culmen en la bellísima canción sobre la vendedora de comida para las palomas, con la catedral de San Pablo al fondo, un guiño apenas disimulado a la trascendencia y a la misión que Mary Poppins trae con el viento a una familia perdida en ese, entonces, incipiente caos que hoy vemos en todo su potencial.
Por todo ello, en la época de los horribles dibujos "manga" orientales, en la época de los telefilmes-basura firmados en nombre de la Disney y, cómo no, en la época del omnipresente, parasitario e ideológico "cine español", reconozco que películas como Mary Poppins devuelven el candor que, más que haber perdido, nos hurtan todos los días una banda de cretinos en nombre de "la cultura". Para aquellos que creen que lo importante no son los telediarios o las tertulias sino que lo que modela la conciencia de las personas es lo que viene después, estará muy bien recalcar que Mary Poppins supone un canon en el que medir mucho de lo que ofrecemos a nuestros hijos.
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