El patético espectáculo del PSOE andaluz, disputándose como hienas los despojos del naugragio, ha hundido las últimas esperanzas que tenían los socialistas de conservar su más poderoso bastión histórico. No hace falta ser militante para sentir vergüenza ajena ante el epílogo de un partido que durante 22 años ha gobernado España y ahora se ve reducido a la irrelevancia numérica y moral. Ninguna derrota es fácil de digerir, ciertamente, pero no es excusa para perder la dignidad. Y la Junta de Griñán está dando los últimos estertores avergonzando a millones de andaluces por su falta de elegancia y de grandeza. Si no bastaba con el escándalo de los Eres, ahora un mezquino ajuste de cuentas interno. La hipótesis de que una parte del partido, harta de una nomenclatura fosilizada, rompa amarras y se pase incluso a una Izquierda Unida de nuevo cuño, no es descabellada. Lo mismo podría suceder en otras regiones. Y ese es un riesgo cierto que Ferraz haría bien en no minusvalorar.
De ahí que Rubalcaba esté ansioso por enarbolar banderas con las que neutralizar las querellas internas. La primera, se la acaban de poner en bandeja los sindicalistas: la huelga general. Si algo tiene muy claro el nuevo secretario general es que esta batalla no la puede encabezar Cayo Lara. Las reformas del aborto y de Educación para la Ciudadanía, le preocupan menos, aunque su octanaje sea también muy necesario para el incendio callejero que le prepara a Rajoy.
Nada comparable, sin embargo, a la huelga general, que se convertirá en el punto de inflexión en torno al cual se reunirán, para la gran marcha sobre el PP, todas las tribus de la izquierda: sindicalistas, "indignados", actores, feministas, intelectuales orgánicos, voceros mediáticos, okupas, antiglobalizadores, asociaciones de vecinos, ongs en espera de subvenciones, nacionalistas radicales, pacifistas a tiempo parcial, neocomunistas y, en fin, esa fauna variopinta que desde las redes quiere marcar el rumbo de la humanidad amparándose en el anonimato.
A todos ellos pretende pastorear Rubalcaba para que ninguno se le descarríe. No le será fácil, aunque la estrambótica dirección de IU, mitad Cayo Lara, mitad Llamazares, sea una ventaja. La reforma laboral de Rajoy hará el resto. Pese a que a medio y largo plazo dará buenos resultados (en Alemania, la reforma del socialista Gerard Sröeder tardó tres años en dar frutos), los primeros trimestres provocará una elevada destrucción de empleo, lo que sin duda excitará aún más a la izquierda. ¿Tendrá Rubalcaba la fuerza y el carisma de liderazgo necesarios para recomponer a la izquierda de sus cenizas? De cómo gestione la huelga general dependerá la respuesta, naturalmente, da por perdida Andalucía y a partir de ahí se le plantea un problema aún más peliagudo: dirigir la renovación del socialismo andaluz teniendo en cuenta que el presidente del PSOE es precisamente el artífice del desastre: Griñán.
Al menos en esto están empatados.