Fiel a sí mismo hasta el último segundo de mandato, Zapatero no tuvo mejor ocurrencia que convocar a todos los miembros de la ejecutiva federal a una última cena de confraternización y amistad cuando más cruento era el navajeo y más sangrienta la guerra intestina. El leonés siempre ha gustado de cierta teatralidad escénica, y de no haber incurrido en la política tal vez hubiera sido un actor apreciable (de la ceja, claro), como demostró a finales de los años 90 cuando imitaba en los mítines a Felipe González. Por eso no pudo resisitir la tentación de llamar al escenario a todos sus ejecutivos para un ágape de despedida, al igual que hacían los patricios romanos cuando se disponían a ensanchar a sangre y fuego las fronteras del imperio o cuando habían decidido suicidarse por haber caído en desgracia.
Puesto que las legiones socialistas no parece que estén en disposición de conquistar nada, habrá que concluir la peor de las hipótesis: se trataba de una cena funeral. Y atravesada por la traición, como es canónico en toda última cena. A esa hora vespertina del sábado, mientras los invitados iban llegando uno a uno o en pareja a la sede de Ferraz, las rotativas del diario amigo arrancaban con una carga de profundidad contra Chacón, "La noia de Olula", de esas que destrozan reputaciones y cercenan carreras como si pareciera un accidente.
Nadie sospechó nada, salvo uno, que lo sabía todo, y la velada transcurrió en medio de una nostalgia algo patética y lacrimógena. Zapatero derramaba esdrújulas como un sembrador de parábolas, López Aguilar tocaba a la guitarra "Imagine" y otras piezas de fuegos de campamento, Rubalcaba aguantaba la tabarra con una sonrisa congelada y Chacón sobreactuaba de lado a lado de la mesa sin sospechar que el veneno de tinta impresa ya había sido vertido en su copa con dos frases demoledoras: ella es la "reserva espiritual del zapaterismo"y una pobre marioneta en manos de su marido.
Si el "comando Rubalcaba" pretendía infundir temor entre la militancia hacia Chacón por su levedad intelectual, su catalanismo a lo Pepe Rubianes y su dependencia de los pigmaliones, creo que se la ido la mano y tal vez consiga el efecto contrario al deseado: aunar a los fieles de su adversaria, suscitar la simpatía hacia la parte débil y asustar a los indecisos. Puede que le pase lo que a Pepe Bono en el 2000, que iba tan sobrado y prepotente que la militancia acabó cerrando filas con un Zapatero más agradable e inofensivo.
Rubalcaba partió en este maratón con el apoyo de Ferraz, el de casi todos los barones y el de una amplia porción de la militancia resignada a apostar sobre seguro. Pero su figura acusa ya la fatiga de la carrera y su oponente ha demostrado tener mejor estrategia y un sentido más oportunista de la táctica. Ni siquiera el aval de González es un salvoconducto hacia la victoria, pues no es Felipe precisamente un clarividente apostador a caballo ganador. La recta final se presenta dramática y cruenta. Nada podrá ya ser igual que antes y no hay última cena que lo pueda arreglar. Zapatero heredó un partido anémico por la larga travesía del desierto a la que le condenó Aznar y lo lega destruido por banderías, fracasos y odios tribales. Es tan inestable la salud emocional del PSOE que un tercer candidato habría tenido serias posibilidades de sacar tajada.