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7 de diciembre de 2011  Imprimir este artículo Enviar a un amigo Aumentar texto Reducir texto Compartir: Acceder al RSS Comparte esta noticia en Facebook Comparte esta noticia en Twitter Añadir a del.icio.us Buscar en Technorati Añadir a Yahoo Enviar a Meneamé Enviar a Digg Enviar a MySpace
RUTA NORTE
Tiempos difíciles, tiempos de oportunidades… y fin del consociativismo
Con los recortes termina una época, pero no el mundo. Hay una oportunidad para una España sin consociativismo ni corruptelas: más libre.
¿UN PARCHE O UNA ERA RAJOY?
Con los recortes termina una época, pero no el mundo. Hay una oportunidad para una España sin consociativismo ni corruptelas: más libre.
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"Las cosas no van a ser fáciles en los próximos tiempos pero tenemos las ideas claras. Vamos a hablar con todo el mundo pero también tenemos que ser ágiles y rápidos en todas las decisiones que tomemos". Palabra de Mariano Rajoy, que podría haber sido (pero sin aval electoral) palabra de Mario Monti. Y Monti ya ha dicho cuál va a ser su política, recortes y sacrificios despiadados a los que los medios de comunicación han dado en llamar "sangre y lágrimas" .

En España, María Dolores de Cospedal es la que con más claridad ha hecho saber cómo pretende sacar Castilla-La Mancha de la ruina: más trabajo, menos sueldos, menos contrataciones, supresión de subvenciones, ayudas, complementos, extras, inversiones y prebendas. Ahora bien, la verdadera cuestión no es si lo vamos a pasar peor o no, porque parece clara la respuesta gobierne quien gobierne. El verdadero asunto que se debate estos días, y que al final depende sólo de Rajoy, es si los sacrificios y los recortes van a ser un parche de circunstancias para salir de la crisis o si van a implicar un cambio a fondo del país y de sus funcionamientos, algo que no sea simplemente evitar males mayores sino que nos haga, en más de un sentido, mejores.

¿Sacrificio vs oportunidad?

En muchos órdenes, no sólo económicos por cierto, el poszapaterismo se parece a una posguerra. Tiempo de sacrificios inevitables, tiempo de cambios seguros. Queda decidir si esos cambios serán los impuestos por los grandes poderes de todo tipo y por las inercias que vivimos, o si los elegiremos para definir nuestro rumbo y para construir una gran España.

Oportunidad hay, por ejemplo, para rehacer nuestro sistema de autonomías. La organización territorial del Estado manifiestamente no funciona bien y no sólo es cara sino que es causa directa de nuestra deuda y por ende de nuestra crisis. Hay que recortar gastos y reducir deudas, eso es un hecho, y eso va a afectar a nuestra calidad de vida. Pero ¿nos conformaremos con sacrificios o querremos, por el mismo precio, cambios estructurales?

Entre sus encuentros con líderes exteriores, Rajoy ya anunció que sería necesario suprimir "duplicidades y triplicidades" para suprimir solapamientos, y por tanto dirigir los recortes justamente a donde se derrocha. En este sentido, se supone que ya ha trabajado la Comisión de Estudios Autonómicos del PP. ¿Lo habrá hecho sin miedo? Puede ser que no sólo haya que redistribuir todas las competencias de la Administración, sino que haya que recortar plantillas, que haya que suprimir Administraciones enteras, que Comunidades enteras sean un fracaso inútil y caro, puede que España sepa funcionar no ya sin Diputaciones, sino sin autonomías. Supongamos que haya que elegir entre suprimir las Diputaciones Provinciales o los Gobiernos Autonómicos: ¿quitaremos el más ineficaz o seremos sumisos a los miedos de la casta política?

Quizá sea por ejemplo una oportunidad de pensar si las competencias policiales son eficaces en manos provincianas, ¿no podríamos tener una sola Policía Nacional? ¿Hacen falta 17 parlamentillos, con sus prebendados, sus lamedores y sus 17 legislaciones? ¿Cuántas empresas públicas han creado las autonomías y cuántas son eficaces? No cabe duda de que llegan los recortes: quizá podamos hacerlos para que los problemas de hoy, además de pararse, no se repitan.

Oportunidad hay para acabar con la corrupción, de la que tanto se habla. Esperemos que al menos los políticos y financieros corruptos de los que más se habla vayan a la cárcel. Pero puede aprovecharse el momento para recortar y cambiar a fondo y sin piedad el sistema que no sólo permitió sino que generó esta corrupción estructural, que no es sólo la de los que se llevan el dinero a sacas sino más aún la de los que lo gastan como si no fuese dinero de la Nación y del Estado… y de los españoles. Me parecería vergonzoso y cobarde que se terminasen llevando las culpas los que han aparecido atacados en las portadas, llámese Iñaki Urdangarín, Miguel Sanz o Francisco Camps, y quedasen impunes en cambio los creadores del sistema, los inventores de las instituciones y de las prácticas corruptas y los demás beneficiarios de las mismas.

Consociativismo es una palabra poco habitual para definir el funcionamiento corrupto de nuestras instituciones y de nuestra casta política –no sólo oligárquica, sino también patética- actual. Consociativos son los partidos y las empresas cuando anteponen el bienestar de sus dirigentes al de los ciudadanos, además de a las leyes. Y esas situaciones existen porque las normas y las instituciones lo hacen posible. De modo que podemos recortar con las tijeras los casos concretos de corrupción, o podemos cortar con el hacha de guerra las raíces mismas de la corrupción, aunque tengan que caer nobles cabezas.

Es momento de gastar menos y de gastar mejor. Sin duda, es momento para pensar sin miedo en la subsidiariedad. La subsidiariedad no es, como dice cierta izquierda tribal, un camino para destruir el Estado. Los líderes mundiales de la corrupción y de la ineficacia, de hecho, protagonistas de la crisis, eran y son liberales hasta el rozar el anarquismo (en beneficio de la banca y la finanza eso sí, forma privada de Gobierno Mundial). Podemos recortar y reformar para poner parches; o podemos hacer que de cada tarea se ocupe quien más eficaz sea en ella, redistribuyendo roles, como implica la idea de subsidiariedad. Es una oportunidad para ello.

Recortar con alegría en Educación, Sanidad y servicios: ¿cuanto menos es mejor?

Recortar y reformar no significa privatizar ni destruir alocadamente el Estado, como proponía el otro día un ya no tan joven socialista de caché, con su idea de europeizar los Ejércitos. Hay tareas que deben realizarse, que están más allá de todo recorte economicista. Un Estado soberano, y queremos que España sea uno, no puede enajenar a tontilocas, en vana palabrería progre, ni su seguridad ni su Defensa, por ejemplo.

Al revés, si se trata de que Europa conserve su identidad y su diferencia se trata de que haya un Estado digno de tal nombre. ¿Más caro, como ha pregonado estas décadas nuestra casta política y sindical? No, precisamente podemos ver cómo es posible que cambie haciéndose más barata y a la vez mejor. Eso sí, hay que pensar qué recortar y cómo.

Es el momento, por ejemplo, de tener una mejor Educación. Ya que vamos a gastar menos, podemos pensar si de verdad España está mejor servida en las funciones propias de la Universidad con el modelo socialista que padecemos, y si de verdad una España con un centenar de Universidades públicas, mil veces más caras y pobladas, es cien veces más eficaz que un sistema universitario con menos de dos docenas de Universidades. ¿Alguien se fija más en quién es el dueño de la Facultad y en cuántos maman en su nómina que en si verdaderamente se forma y se investiga? ¿Habría estudiado Antonio de Lebrija en la Universidad de … o habría enseñado uno de los Machado en el Instituto de ..., creados ambos para satisfacer pequeños orgullos locales?

Más titulados no significan mejor educación, sino una devaluación de los mismos títulos. Qué decir del Bachillerato y de toda la Secundaria, con Institutos llenos de alumnos que no quieren serlo, sin oposiciones realmente exigentes (problema compartido, y añádase la suciedad ambiental, con las Universidades). Menos centros, menos profesores y sobre todo menos gasto no suponen peor formación, a ningún nivel, siempre que por un lado se elijan los mejores, por otro se dé a cada cual lo mejor de entre lo que quiera y pueda, y finalmente se defina con claridad qué se quiere y cómo se va a obtener (siempre que no sea la corrupta cochambre comprehensiva que padecemos). Recortar puede ser mejorar, si se cambia de arriba abajo el sistema.

¿Hay que gastar más para tener mejor Sanidad? Con seguridad, no. Hay que gastar mejor, hay que saber qué servicios deben ser dados, a quién y cómo, y hay que premiar la eficacia. Más personal y más gasto no es garantía de mejor atención, y menos si se hace creer a la población que tiene un derecho universal ilimitado a todo, y que tal cosa es sinónimo de calidad. Y no lo es, por cierto. ¿Usted quiere que haya más gasto o que le curen? Un Estado eficaz y poderoso no es, necesariamente, un Estado mayor, ni más caro. Y no hace falta ni mencionar las pensiones y la asistencia social para que sea irrefutable, salvo prejuicios progremarxoides varios.

Podemos recortar para salir del paso. Pero nos costará lo mismo y no servirá de nada más que de remedio fugaz. Pedro Pejenaute escribía el pasado Día de la Constitución una satisfecha conmemoración en Diario de Navarra. Pero, sean cuales fueran sus virtudes pretéritas, el texto del 78 dista mucho de la perfección, y la situación actual, a la que él y sus usuarios zapateriles nos han llevado, demuestra algunos de sus errores más evidentes. Podemos parchear el régimen e impedir que se hunda ya; o podemos hacer de los recortes fundamento de verdaderos cambios, legales y reales, al mejor servicio de la Nación española. Mariano Rajoy tiene la llave de una nueva era.

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