No por anunciado, el descalabro del PSOE ha sido menos clamoroso. En su caída a los abismos electorales, Pérez Rubalcaba pasará a la historia del partido como el candidato que peor resultados cosechó, no sólo por debajo de Joaquín Almunia en el 2000, sino también de aquel incipiente de 1977, cuando apenas llevaba el partido un año en la legalidad. Pero Rubalcaba no será la única víctima de sí mismo y en su derrota arrastra a varios pesos pesados de la izquierda, empezando por la propia Carme Chacón, que cosecha una derrota histórica a manos de CiU en unas generales. El siniestro es total y difícil se le ha puesto a la socialista catalana poder concurrir con éxito a la Secretaría General del partido. Su aval eran los resultados de ayer, pero éstos se han convertido en una hipoteca ruinosa.
También se derrumba el último mohicano socialista que resiste al frente de una comunidad, José Antonio Griñán. La victoria del PP en Andalucía, por primera vez en la historia democrática, preanuncia la de Javier Arenas en las elecciones autonómicas de marzo, con la cual los populares completarían su apabullante poder hegemónico en todas las administraciones públicas, desde los ayuntamientos hasta el Gobierno central, pasando por todas las autonomías salvo Cataluña, País Vasco (donde el socialista López se apoya en el popular Basagoiti) y Asturias, donde el "hermano separado" Álvarez Cascos bracea gracias a la benevolencia del PP. Griñán, por tanto, encabeza la lista de las víctimas colaterales de Rubalcaba. Y con él nada menos que Alfonso Guerra y Felipe González, los santos padres fundadores, que hicieron de Andalucía su Numancia y han terminado arrojados al precipicio sin contemplaciones. Doble humillación para quienes sobreestimaron el vigor de sus cualidades y subestimaron la memoria del pueblo.
Les siguen en la lista de los damnificados los sindicalistas Méndez y Toxo. La descarada intervención de los líderes de UGT (a favor de PSOE) y de CC OO (a favor de PSOE e IU, según el día) les pasará ahora factura, y muy costosa. Además, las movilizaciones organizadas hasta el último minuto de la campaña electoral contra el PP, con la excusa de supuestos recortes en la Enseñanza, han retratado a un sindicalismo que se ha quedado reducido a unos miles de "liberados", burócratas y subvencionados. Señalados por el dedo acusador de ser los cómplices del Gobierno de los cinco millones de parados, los dirigentes sindicales han quedado desautorizados y de su derrota deberán extraer las lecciones pertinentes, entre ellas renovarse de arriba a abajo so pena de caer en la irrelevancia.
Los resultados de las elecciones también golpean a los "indignados" del 15-M, cuya indigación selectiva se ha dirigido hacia el PP y sus gobernantes, empezando por Esperanza Aguirre. ¿O pondrán en duda la naturaleza democrática del veredicto de las urnas? ¿Acaso los diputados y senadores elegidos no representan a los españoles? Si con sus acampadas y manifestaciones pretendían contrarrestar el avance del PP, es evidente que los "indignados" se han equivocado de aliado.
En resumen, la debacle de Rubalcaba ha provocado una desintegración de la izquierda que se aglutinaba, más o menos placenteramente, en torno al PSOE. El "hermano mayor" ha perdido no sólo su autoridad, sino también su poder de intimidación. Con Rubalcaba termina inexorablemente una época del socialismo y ahora empieza otra donde está todo por escribir.