Los independentistas vascos, con el PNV a la cabeza, quieren alcanzar en 50 días lo que ETA no logró en 50 años de terrorismo: la creación de un frente soberanista que recupere el Gobierno vasco, consolide su hegemonía en las diputaciones vascas y active un poderoso grupo de agitación parlamentaria en el Congreso. El comunicado de ETA ha reactivado todos los resortes nacionalistas y abertzales para llevar a término un plan más o menos pactado tácitamente en el que entran en juego también la excarcelación de etarras, con Otegi como símbolo irrenunciable; la desactivación de la legislación antiterrorista (Ley de Partidos, Ley Electoral, doctrina Parot, etc.) y la movilización permanente para exigir un referéndum soberanista en 2015.
El objetivo más inmediato, prácticamente conseguido, es la legalización de Amaiur o Sortu o como quiera llamarse el partido batasuno. Es impensable que el Gobierno de Zapatero obstaculice su inscripción o inste su ilegalización. A tenor de los resultados que obtenga el 20-N, que pueden ser espectaculares según predicen los sondeos, el segundo paso será reclamar el anticipo de las elecciones autonómicas, previstas para 2014. El argumento, ya avanzado por Íñigo Urkullu, es congruente: con el nuevo escenario político resulta absurdo que el brazo político de ETA no esté representado en el Parlamento de Vitoria. Desde luego, es un sinsentido que esté ampliamente representado en el Congreso de los Diputados y no en la Cámara vasca.
Lo más paradójico es que el propio Patxi López, y otros connotados socialistas vascos como Odón Elorza, se han encargado durante estos últimos meses en darle argumentos a los batasunos para que ahora los esgriman a su favor y le exijan que disuelva el Parlamento. No tiene pinta de que el lendakati aguante, por mucho que le apoye un Basagoiti leal e inteligente, las embestidas de PNV, Bildu, Sortu y la propia ETA (que habrá renunciado a matar, pero no a hablar) para que anticipe las elecciones. La presión será irresistible, constante, agobiante, obsesiva y en aumento.
Los batasunos tienen al alcance de la mano colocar un lendakari en Ajuria Enea, y a fe que lo harán si sacan un solo voto más que el PNV en las autonómicas. A su vez, los de Urkullu ansían, por encima de cualquier otra cosa, en recuperar el paraíso perdido y borrar ese baldón que supuso la investidura de un lendakari no nacionalista. Precisamente por ello, porque es una verdad cuasi científica que los próximos comicios autonómicos expulsarán a Patxi López de su cargo, a los indepentistas les urge abreviar el trámite. Con 300 mil votos en la mochila, el brazo político de ETA se apresta a hacer en las instituciones del País Vasco lo mismo que ya han hecho en San Sebastián.
La incógnita aún no despejada es qué hará el PNV a la hora de la verdad, si ir de la mano de Batasuna en un Lizarra-2 o retomar la alianza con el PSOE volviendo a un gobierno de concentraciónm como en los años de la Transición. Los nacionalistas de Sabin Etxea atraviesan una grave crisis política y psicológica desde que Josu Jon Imaz salió por la puerta falsa. Están descolocados en el tablero vasco, atrapados entre los batasunos y los socialistas, han perdido gran parte de sus feudos en Guipuzcoa y su poder se reduce a una Vizcaya menguante. Dudan entre jugar a partido responsable de derechas o a aventureros soberanistas. Para colmo, las encuestas le auguran unos resultados desastrosos. Urkullu ha evitado el estallido interno, es cierto, pero no tiene personalidad ni carisma de líder para transitar esta etapa tan crucial. De ahí que se conduzca como un pollo si cabeza tratando de aparecer como más abertzale que Batasuna y más abogado de los presos etarras que la propia ETA.
Lo cierto, en todo caso, es que nacionalistas y abertzales han entrado en un frenesí independentista que elevará el grado de ansiedad política en la sociedad vasca. Haría falta un partido pragmático y responsable que liderara estos tiempos, pero parece que el PNV está decidido a suicidarse y que el PSE no quiere seguir en Ajuria Enea. Sólo hay un sector que gana: ETA.