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ESPAÑA NO IMITÓ A EUROPA
Franco tuvo mucho más olfato político que el fascismo español
Pascual Tamburri Bariain
Una investigadora de la Universidad de Navarra publica su análisis del fracaso de la Falange. El dictador fue más realista que los fascistas, y España lo agradeció.
12 de marzo de 2009 Imprimir este artículo Enviar a un amigo Aumentar texto Reducir texto
REALISMO POLÍTICO
Mercedes Peñalba, Falange Española: historia de un fracaso (1933-1945). Eunsa, Barañain, 2009. 356 pp. 22 €
Los historiadores dedicados a la España contemporánea han consagrado mucho tiempo y muchas páginas durante décadas a lo que nunca dejó de ser un pequeño partido fascista en medio de una Europa fascista o fascistizada con mucho mayor éxito. Con un limitado acceso a fuentes y testimonios primarios y sobre todo con un gran trabajo de biblioteca Merdeces Peñalba nos ofrece ahora, en la serie histórica editada por la Universidad a la que pertenece, un balance historiográfico, un punto de partida y una síntesis interesante para el lector no especialista.

No entraré a discutir si el trabajo de Peñalba es o no propiamente de investigación. La autora en realidad aún no es doctora, y esta apretada monografía debe mucho a las inexorables necesidades de la vida universitaria actual: una persona que prepara su tesis sobre la Secretaría general del Movimiento en época de Francisco Franco necesita conocer bien a los protagonistas de su verdadero trabajo, no puede ignorar el contexto y los precedentes con los que tuvo que contar la Falange de Franco y, además, probablemente necesite publicar desde estos inicios de su vida universitaria. Nada más lógico que cimentar su primera composición de lugar sobre lo que muchos otros han escrito y dicho antes de 2009. Lejos de ser un reproche es un trabajo útil para ella que además ofrece generosamente a quienes podemos disfrutarlo.

¿Qué fue Falange Española? Peñalba no se deja enredar en discusiones bizantinas y asume lo evidente, lo que dijo ya Stanley G. Payne desde su primer trabajo y con mayor razón en muchos de los sucesivos: la Falange fundada en 1933 no fue sino la manifestación política más cumplida del fascismo español, es decir la participación española en un complejo fenómeno político y cultural de la Europa de entreguerras. Fue el fascismo una realidad moderna, con sólidas raíces en el pasado pero inmune a toda nostalgia de éste, creada en, por y para sociedades avanzadas o en trance de avance, sintético, ambiguo, contradictorio y sorprendente; y por supuesto muerto en 1945 tras haber asombrado al mundo en sólo dos décadas.

Peñalba acierta plenamente al señalar las contradicciones de este fascismo español, recubierto sí de voluntad modernizadora y renovadora, pero surgido en una sociedad atrasada en la que se estaban debatiendo cuestiones que sólo superficialmente afectaban a lo que en todos los demás países de Europa se dirimía al mismo tiempo. Leyendo a Peñalba se entiende cómo y por qué –aunque dejando amplio campo a otras interpretaciones- la Falange de José Antonio Primo de Rivera fue un fracaso, no tanto por no conquistar el poder como Benito Mussolini o Adolf Hitler cuanto por no llegar ni lejanamente a la capacidad de movilización popular, de reclutamiento de líderes y de maduración intelectual que alcanzaron Corneliu Codreanu en Rumanía, sir Oswald Mosley en el Reino Unido o Léon Degrelle en Bélgica, por poner sólo tres ejemplos de fascismos a su modo exitosos pese a no conquistar el Estado respectivo.

El fracaso de la Falange inicial fue paralelo a la fascistización sólo tópica de la derecha española, casi sin excepciones pero también casi sin hondura apreciable. El triste destino de la Segunda República terminó enfrentando a una derecha autoritaria –en la que hasta los centristas y democristianos participaron, salvo excepciones y arrepentimientos tardíos- con una izquierda totalitaria; y si en la primavera de 1936 los verdaderos demócratas brillaban en España por su ausencia del mismo modo escaseaban los verdaderos fascistas, reducido a la impotencia, la prisión o la muerte el exiguo grupo de dirigentes formados de los que disponía la Falange antes del 18 de julio.

El fracasado del golpe de Estado, el inicio de la guerra civil y el inicio del caudillaje de Franco quedaron revestidos con el nombre y la apariencia de la Falange. Pero esa "segunda Falange", de verdadera importancia política, tenía con la primera en común poco más que el nombre, los símbolos y la vinculación más personal que militante de algunos de sus dirigentes con el Ausente. El nombre más significativo de esa Falange con aspiraciones totalitarias y con centenares de miles de hombres y de mujeres encuadrados en todo tipo de organizaciones incluyendo las milicias combatientes fue Ramón Serrano Súñer, amigo personal del fundador, cuñado de Franco, diputado derechista, constante partidario desde comienzos de los años 20 de la modernización y europeización de España.

Como ha demostrado Adriano Gómez Molina, Serrano diseñó desde 1937 y con un equipo de jóvenes colaboradores de altísimo nivel intelectual una Falange a tono con los tiempos que parecían vivirse: una Falange fascista con vocación de gestionar el Estado y al servicio de Franco en la medida en que Franco se asimilase a la modernidad fascista (y dudosamente a la nazi, hay que añadir). Peñalba recorre con interés los nombres y los hombres que protagonizaron aquel proyecto regenerador único en nuestra historia, que caducó con la postergación de Serrano y con la progresiva debilidad militar de los fascismos.

Esa "segunda Falange", fruto de la unificación en una sola etiqueta de todas las fuerzas políticas alzadas contra el Frente Popular, no murió con la derrota del Eje. Franco quiso contar siempre con representantes de todas las fuerzas sobre las que se había creado su poder, y si bien no quiso nunca anular a todas en beneficio de una sola nunca prescindió de ninguna. La Falange de José Luis de Arrese, de José Antonio Girón de Velasco y del siempre presente Raimundo Fernández Cuesta ya no pudo ni quiso ser totalitaria desde 1942 ó 1942, pero siguió presente en la vida de aquel régimen por autoritario y tradicional, amén de antimoderno, que pareciese a los falangistas de Serrano. Peñalba constata cómo también esa "segunda Falange" fracasó en su tarea pero prestó servicios al franquismo hasta la muerte del general. Para entonces tanto la mínima y confusa Falange juvenil de anteguerra como el embrión de Falange totalitaria de la inmediata posguerra eran meros recuerdos: pero España sigue marcada por su existencia, y más aún por las confusiones sobre su contenido y las disputas entre sus protagonistas. Algo que Peñalba nos cuenta razonablemente, aunque con inmensas posibilidades de matización y ampliación, y que hace desear una pronta ampliación y culminación de un trabajo meritorio dadas las circunstancias. Su lectura aprovecha a quien quiera saber cómo se investiga hoy nuestro siglo XX y conviene a quien desee una visión más de uno de los grandes desconocidos de nuestro pasado reciente.

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