Tras la victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, se ha limitado a felicitarle por escrito, en una brevísima carta oficial en la que además ha incluido su deseo de que los dos países sigan colaborando. Tras cuatro años en La Moncloa Zapatero no ha conseguido una llamada de la Casa Blanca, con la que las relaciones son correctas pero frías. Tener unas buenas relaciones con la primera potencia mundial no es un capricho, sino una necesidad para una democracia de tamaño medio como es España; y tenerlas no debe depender de quién sea el gobernante en uno u otro país. Estados Unidos tiene una política cuyas grandes líneas comparten los dos partidos que se turnan en el poder, y a su nivel España necesita esa misma estabilidad.
El presidente del Gobierno español debe defender los intereses del país fuera de sus fronteras. Zapatero ha sido hasta ahora el presidente que menos atención ha dedicado a las relaciones exteriores, pero hay señales esperanzadoras de que en su segunda legislatura tiene intención de cambiar su rumbo en algunos aspectos esenciales. Respetando la prioridad europea –que es una realidad, y no una opción-, Zapatero puede ahora mejorar su equipo de colaboradores en Asuntos Exteriores y elegir para su agenda internacional objetivos que realmente convengan a los ciudadanos.
Que el lugar de España es Europa nadie lo discute, y la tarea del Gobierno es más bien conseguir que la Unión aplique y defienda políticas convenientes para nuestro país. La imagen de este jueves, con Zapatero felicitado en Bruselas por el presidente francés, Nicolas Sarkozy, por la canciller alemana, Angela Merkel, y por el premier británico, Gordon Brown, es buena para todos. Ahora la misión pendiente es que España recobre peso en Europa, y en esto Gobierno y oposición han de marchar unidos, porque entre otras cosas Europa tiene una mayoría de centroderecha de la que forma parte el PP.
El ministro de Asuntos Exteriores en funciones, Miguel Ángel Moratinos, no ha estado siempre a la altura de las circunstancias. Hace falta un giro y el PSOE parece dispuesto a darlo porque la colaboración prioritaria sólo con Marruecos, Venezuela y Cuba, y sus respectivos regímenes, no es lo que corresponde a un país de nuestro peso en el mundo.
En la agenda exterior del Gobierno hay problemas siempre pendientes que alguien habrá de solucionar antes o después, como la descolonización de Gibraltar o la aplicación al Sahara Occidental ilegítimamente ocupado por Marruecos de la legalidad internacional. Otras cuestiones, más recientes, fuerzan la apertura de nuevas políticas: así habrán de ser las nuevas relaciones con los países que exportan a España drogas ilegales o trabajadores inmigrantes, legales o ilegales. España es un país a la vez mediterráneo y atlántico, con un pie en América y otro en Europa, con una frontera africana y con crecientes relaciones económicas en Asia. Esa España grande y compleja es la que tiene en sus manos Zapatero, y la que espera de él una nueva política exterior.
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