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DE LA UTOPÍA A LA RADICALIDAD
Un profesor norteamericano nos ayuda a entender a Zapatero
Luis Miguez Macho
El profesor Edward Gottfried explica cómo los antiguos partidos marxistas han pasado a defender una ideología contracultural que trata de destruir el orden tradicional de valores.
15 de enero de 2008 Imprimir este artículo Enviar a un amigo Aumentar texto Reducir texto
DEBATE DE IDEAS
Paul Edward Gottfried. La extraña muerte del marxismo. La Izquierda europea en el nuevo milenio. Traducción de Diana Lerner. Ciudadela. Madrid, 2007. 208 pp. 22 €
Es un chiste viejo, pero lleno de profunda razón, el que analiza las siglas del PSOE para llegar a la conclusión de que se han quedado vacías de significado: partido socialista realmente no es desde que, ya en tiempos de Boyer y Solchaga, aceptó el paradigma económico neoliberal; obrero tampoco, pues ahora es una organización interclasista, como ocurre con todos los grandes partidos nacionales de los países desarrollados; y lo de español lo ponen en duda quienes consideran que manifiesta un escaso fervor patriótico y observan con preocupación las vacilaciones que expresan muchos de sus dirigentes, empezando por el propio José Luis Rodríguez Zapatero, sobre el concepto de nación española.

Si las consecuencias de este vaciamiento ideológico no se mostraron plenamente durante los Gobiernos de Felipe González, en cambio en el mandato de Rodríguez Zapatero ayudan a explicar lo que para muchas personas constituye un misterio inescrutable, es decir, el porqué de la agenda política radical que el actual presidente ha emprendido y que hace que el principal signo distintivo de esta izquierda sea el empeño mesiánico en arrasar los vestigios de nuestra herencia cultural mediante un experimento masivo de ingeniería social nihilista.

Paul Gottfried, un pensador incómodo de la derecha intelectual estadounidense

Sin embargo, la sustitución de los últimos residuos del marxismo por una ideología contracultural no es algo exclusivo de nuestra izquierda, sino que es un fenómeno común a todo el Occidente desarrollado. De sus raíces intelectuales nos habla el profesor estadounidense Paul Edward Gottfried, del Elizabethtown College de Pennsylvania, en una de sus últimas obras, La extraña muerte del marxismo (2005), publicada en nuestro país a finales del año pasado por Ciudadela, en traducción de Diana Lerner.

Quiero advertir, antes de nada, que el ensayo del profesor Gottfried, a pesar de sujetarse por completo a las reglas de la investigación académica, es perfectamente legible para cualquier lector medio. Esto no es inusual entre los investigadores sociales del otro lado del Atlántico, pero resulta raro en sus colegas de esta orilla, y en la medida en que, como profesor universitario de Derecho, se me pueda encuadrar entre ellos, asumo la parte que me corresponde en este reproche.

Para entender el trasfondo de la presente obra, es preciso poner de relieve también que el profesor Gottfried forma parte de la derecha intelectual estadounidense, pero defiende puntos de vista críticos con las corrientes ideológicas dominantes en ese sector ideológico, tanto los famosos "neoconservadores" como los conservadores más tradicionales. En este libro sostiene concretamente que el programa contracultural de la izquierda actual, frente a lo que a veces se afirma en Norteamérica por los impugnadores del mismo, no es una moda importada de Europa, sino un desarrollo post-marxista creado en los Estados Unidos por exiliados europeos (fundamentalmente alemanes) durante la Segunda Guerra Mundial y que debe mucho al peculiar ambiente político y social del país de acogida.

La Escuela de Frankfurt y el progresismo estadounidense

Gottfried apunta directamente a la conocida Escuela de Frankfurt, de Herbert Marcuse, Theodor Adorno, Max Horkheimer y su influyente epígono, todavía vivo, Jürgen Habermas, como la catalizadora de ese desarrollo intelectual que, en un momento tan temprano como el antes referido, supuso el abandono de buena parte de los insostenibles fundamentos filosóficos del marxismo, incluido el propio materialismo dialéctico, para quedarse casi únicamente con el concepto psico-sociológico de alienación y trasvasarlo del ámbito económico, en el que Marx lo había formulado, al socio-cultural.

Que a una doctrina como ésta (que dejó de basarse en la concepción de las relaciones de producción como estructura material que condiciona toda la superestructura espiritual de la sociedad, para analizar autónomamente las relaciones de "dominación" que se dan en el seno de la misma, sean o no económicas, y tratar de subvertirlas, destruyendo así la moral y el orden social tradicionales) se le pueda seguir llamando "marxismo", es bastante discutible y así lo entendieron en su momento los guardianes oficiales de la ortodoxia marxista. Por eso estos autores no se ubicaron en el comunismo, sino en la socialdemocracia, que ya había optado por aceptar el capitalismo y se vio reforzada cuando la reconstrucción de la posguerra condujo directamente al milagro económico que demostró la superioridad de la economía de mercado sobre el dirigismo de corte soviético.

Las conexiones entre este post-marxismo y el progresismo estadounidense no son difíciles de establecer. El internacionalismo fundado en la imposición universal de una determinada concepción de la democracia que se reflejaba en los Catorce Puntos del presidente demócrata Wilson fue la ideología que guió la ruptura del tradicional aislacionismo norteamericano, y que, dicho sea de paso, hoy sigue guiando las empresas imperiales de los Estados Unidos, pues sus actuales teóricos, los llamados neoconservadores, no son otra cosa que izquierdistas reconvertidos, y la derecha norteamericana, incapaz de trascender el mencionado aislacionismo, no ha sabido formular una doctrina imperial propia, distinta de la de la izquierda demócrata.

"Políticas de la culpa" y desnacionalización de Europa

Esa ideología desembocó al final de la Segunda Guerra Mundial en la política de los también demócratas Roosevelt y Truman, diseñada, entre otros, por el secretario del Tesoro Henry Morgenthau, de origen alemán y judío, de reeducación del pueblo alemán derrotado en una conciencia de culpa dirigida a destruir el orgullo nacional, que los exiliados de la Escuela de Frankfurt que regresaron a su país asumieron con entusiasmo, enmarcándola en sus propias teorías contraculturales.

Este corte radical con la tradición histórica, pensado para extirpar el militarismo y la agresividad imperialista de la Alemania unificada bajo la égida prusiana, privó a esa sociedad de resistencias frente a la marea nihilista, el mismo efecto que las llamadas "políticas de la culpa" extendieron por toda la Europa occidental convulsionada por la guerra civil ideológica que subyació a la Segunda Guerra Mundial, y que hoy Rodríguez Zapatero, con su "memoria histórica" tuerta, quiere trasplantar a España, donde el comunismo fue derrotado antes de la conflagración mundial y nos libramos por ello de participar en la contienda y de tener que pagar la correspondiente cuota de culpa.

Esto explica otra particularidad de la política europea actual: por qué los socialdemócratas, que durante la Guerra Fría se alienaron decididamente con los Estados Unidos contra la Unión Soviética, ahora se niegan a asumir una condena del comunismo en los mismos términos en que se ha venido formulando la damnatio memoriae del nazismo y el fascismo. Y es que el antifascismo debe seguir vivo sesenta años después de la desaparición del nazismo y el fascismo porque sin él perdería su sentido esa "política de la culpa" necesaria para la desnacionalización que facilita la erradicación de los valores europeos y occidentales tradicionales.

Todo empezó en los Estados Unidos, pero ellos tienen más posibilidades de resistir que nosotros

Todos y cada uno de los experimentos sociales que hoy apadrina la izquierda post-marxista en Europa (desde las expresiones del feminismo radical hasta el multiculturalismo, pasando por la política de cuotas raciales y sexuales), se han aplicado años e incluso décadas antes en los Estados Unidos. Hasta la explosión del Mayo del 68 francés vino precedida por la subversión cultural de la llamada Generación Beat en California, y otro nombre clave que cabría citar aquí es el del poeta Allen Ginsberg.

Sin embargo, la compleja y vital sociedad estadounidense cuenta con unas reservas morales de las que carecen los países europeos, y esto lo sabe bien el profesor Gottfried, que no en vano es descendiente de judíos austriacos refugiados en los Estados Unidos huyendo del nazismo. Lo cual no le sirve para librarse de los ataques de los fanáticos de la nueva religión de lo políticamente correcto, pero hace su testimonio y su reflexión más valiosos si cabe.

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