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LIBROS |
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| DE LA UTOPÍA A LA RADICALIDAD |
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| Un profesor norteamericano nos ayuda a entender a Zapatero |
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| Luis Miguez Macho |
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El profesor Edward Gottfried explica cómo los antiguos partidos marxistas han pasado a defender una ideología contracultural que trata de destruir el orden tradicional de valores.  |
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DEBATE DE IDEAS |
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Paul Edward Gottfried. La extraña muerte del marxismo. La Izquierda europea en el nuevo milenio. Traducción de Diana Lerner. Ciudadela. Madrid, 2007. 208 pp. 22 € |
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Es un chiste viejo, pero lleno de profunda razón, el que analiza las siglas del
PSOE para llegar a la conclusión de que se han quedado vacías de significado:
partido socialista realmente no es desde que, ya en tiempos de Boyer y
Solchaga, aceptó el paradigma económico neoliberal; obrero tampoco, pues
ahora es una organización interclasista, como ocurre con todos los grandes
partidos nacionales de los países desarrollados; y lo de español lo ponen en
duda quienes consideran que manifiesta un escaso fervor patriótico y observan
con preocupación las vacilaciones que expresan muchos de sus dirigentes,
empezando por el propio José Luis Rodríguez Zapatero, sobre el concepto
de nación española.
Si las consecuencias de este vaciamiento ideológico
no se mostraron plenamente durante los Gobiernos de Felipe González, en
cambio en el mandato de Rodríguez Zapatero ayudan a explicar lo que para
muchas personas constituye un misterio inescrutable, es decir, el porqué de la
agenda política radical que el actual presidente ha emprendido y que hace que el
principal signo distintivo de esta izquierda sea el empeño mesiánico en arrasar
los vestigios de nuestra herencia cultural mediante un experimento masivo de
ingeniería social nihilista.
Paul Gottfried, un
pensador incómodo de la derecha intelectual estadounidense
Sin
embargo, la sustitución de los últimos residuos del marxismo por una ideología
contracultural no es algo exclusivo de nuestra izquierda, sino que es un
fenómeno común a todo el Occidente desarrollado. De sus raíces intelectuales nos
habla el profesor estadounidense Paul Edward Gottfried, del Elizabethtown
College de Pennsylvania, en una de sus últimas obras, La extraña muerte del
marxismo (2005), publicada en nuestro país a finales del año pasado por
Ciudadela, en traducción de Diana Lerner.
Quiero advertir, antes
de nada, que el ensayo del profesor Gottfried, a pesar de sujetarse por
completo a las reglas de la investigación académica, es perfectamente legible
para cualquier lector medio. Esto no es inusual entre los investigadores
sociales del otro lado del Atlántico, pero resulta raro en sus colegas de esta
orilla, y en la medida en que, como profesor universitario de Derecho, se me
pueda encuadrar entre ellos, asumo la parte que me corresponde en este
reproche.
Para entender el trasfondo de la presente obra, es preciso
poner de relieve también que el profesor Gottfried forma parte de la
derecha intelectual estadounidense, pero defiende puntos de vista críticos con
las corrientes ideológicas dominantes en ese sector ideológico, tanto los
famosos "neoconservadores" como los conservadores más tradicionales. En este
libro sostiene concretamente que el programa contracultural de la izquierda
actual, frente a lo que a veces se afirma en Norteamérica por los impugnadores
del mismo, no es una moda importada de Europa, sino un desarrollo post-marxista
creado en los Estados Unidos por exiliados europeos (fundamentalmente alemanes)
durante la Segunda Guerra Mundial y que debe mucho al peculiar ambiente político
y social del país de acogida.
La Escuela de
Frankfurt y el progresismo estadounidense
Gottfried apunta
directamente a la conocida Escuela de Frankfurt, de Herbert Marcuse,
Theodor Adorno, Max Horkheimer y su influyente epígono, todavía
vivo, Jürgen Habermas, como la catalizadora de ese desarrollo intelectual
que, en un momento tan temprano como el antes referido, supuso el abandono de
buena parte de los insostenibles fundamentos filosóficos del marxismo, incluido
el propio materialismo dialéctico, para quedarse casi únicamente con el concepto
psico-sociológico de alienación y trasvasarlo del ámbito económico, en el que
Marx lo había formulado, al socio-cultural.
Que a una doctrina
como ésta (que dejó de basarse en la concepción de las relaciones de producción
como estructura material que condiciona toda la superestructura espiritual de la
sociedad, para analizar autónomamente las relaciones de "dominación" que se dan
en el seno de la misma, sean o no económicas, y tratar de subvertirlas,
destruyendo así la moral y el orden social tradicionales) se le pueda seguir
llamando "marxismo", es bastante discutible y así lo entendieron en su momento
los guardianes oficiales de la ortodoxia marxista. Por eso estos autores no se
ubicaron en el comunismo, sino en la socialdemocracia, que ya había optado por
aceptar el capitalismo y se vio reforzada cuando la reconstrucción de la
posguerra condujo directamente al milagro económico que demostró la superioridad
de la economía de mercado sobre el dirigismo de corte soviético.
Las
conexiones entre este post-marxismo y el progresismo estadounidense no son
difíciles de establecer. El internacionalismo fundado en la imposición universal
de una determinada concepción de la democracia que se reflejaba en los Catorce
Puntos del presidente demócrata Wilson fue la ideología que guió la
ruptura del tradicional aislacionismo norteamericano, y que, dicho sea de paso,
hoy sigue guiando las empresas imperiales de los Estados Unidos, pues sus
actuales teóricos, los llamados neoconservadores, no son otra cosa que
izquierdistas reconvertidos, y la derecha norteamericana, incapaz de trascender
el mencionado aislacionismo, no ha sabido formular una doctrina imperial propia,
distinta de la de la izquierda demócrata.
"Políticas de la culpa" y desnacionalización de
Europa
Esa ideología desembocó al final de la Segunda Guerra
Mundial en la política de los también demócratas Roosevelt y
Truman, diseñada, entre otros, por el secretario del Tesoro Henry
Morgenthau, de origen alemán y judío, de reeducación del pueblo alemán
derrotado en una conciencia de culpa dirigida a destruir el orgullo nacional,
que los exiliados de la Escuela de Frankfurt que regresaron a su país asumieron
con entusiasmo, enmarcándola en sus propias teorías
contraculturales.
Este corte radical con la tradición histórica, pensado
para extirpar el militarismo y la agresividad imperialista de la Alemania
unificada bajo la égida prusiana, privó a esa sociedad de resistencias frente a
la marea nihilista, el mismo efecto que las llamadas "políticas de la culpa"
extendieron por toda la Europa occidental convulsionada por la guerra civil
ideológica que subyació a la Segunda Guerra Mundial, y que hoy Rodríguez
Zapatero, con su "memoria histórica" tuerta, quiere trasplantar a España,
donde el comunismo fue derrotado antes de la conflagración mundial y nos
libramos por ello de participar en la contienda y de tener que pagar la
correspondiente cuota de culpa.
Esto explica otra particularidad de la
política europea actual: por qué los socialdemócratas, que durante la Guerra
Fría se alienaron decididamente con los Estados Unidos contra la Unión
Soviética, ahora se niegan a asumir una condena del comunismo en los mismos
términos en que se ha venido formulando la damnatio memoriae del nazismo
y el fascismo. Y es que el antifascismo debe seguir vivo sesenta años después de
la desaparición del nazismo y el fascismo porque sin él perdería su sentido esa
"política de la culpa" necesaria para la desnacionalización que facilita la
erradicación de los valores europeos y occidentales tradicionales.
Todo empezó en los Estados Unidos, pero ellos tienen más
posibilidades de resistir que nosotros
Todos y cada uno de los
experimentos sociales que hoy apadrina la izquierda post-marxista en Europa
(desde las expresiones del feminismo radical hasta el multiculturalismo, pasando
por la política de cuotas raciales y sexuales), se han aplicado años e incluso
décadas antes en los Estados Unidos. Hasta la explosión del Mayo del 68 francés
vino precedida por la subversión cultural de la llamada Generación Beat en
California, y otro nombre clave que cabría citar aquí es el del poeta Allen
Ginsberg.
Sin embargo, la compleja y vital sociedad estadounidense
cuenta con unas reservas morales de las que carecen los países europeos, y esto
lo sabe bien el profesor Gottfried, que no en vano es descendiente de
judíos austriacos refugiados en los Estados Unidos huyendo del nazismo. Lo cual
no le sirve para librarse de los ataques de los fanáticos de la nueva religión
de lo políticamente correcto, pero hace su testimonio y su reflexión más
valiosos si cabe.
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