Los resultados electorales del domingo en Madrid, además de situar los focos de
la atención sobre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón y el
PP, dada la mayoría absoluta de la que gozarán en el parlamento autonómico y en
la alcaldía, también llevan al primer plano de la actualidad a los socialistas y
a sus desbaratados candidatos, Rafael Simancas y Miguel Sebastián.
Una consecuencia directa del fracaso socialista el 27-M ha sido la dimisión a
medias de Simancas y la guerra interna abierta contra Sebastián.
El resultado final ha sido tan malo para el PSOE que el
presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el secretario de
Organización del partido, José Blanco, aparecen como responsables
primeros y últimos del mismo. Esto es así porque la concurrencia a las urnas
debería haber estado precedida de un trabajo de cuatro años en la oposición. Y,
a tenor del dictamen de los votantes, ese trabajo no se ha hecho. Pero el mayor
drama del PSOE está por llegar, sino es que ya ha comenzado a hacerlo, justo
desde el momento en el que se cerraron las urnas.
A las derrotas
aplastantes de Simancas y de Sebastián, los socialistas madrileños
tienen que afrontar que se han quedado sin recambio, en el hipotético caso de
que quieran afrontar los comicios de dentro de cuatro años con la suficiente
perspectiva como para preparar una estrategia de oposición, un discurso
ante el potencial elector como alternativa y -en lo fundamental- a las personas
que quieran que aglutinen las estructuras autonómica y local del partido.
Precisamente, Blanco planea para el PSM una renovación profunda, según
reconocen fuentes de Ferraz a Elsemanaldigital.com.
Esas mismas
fuentes señalan que "el PP no nos puede volver a sacar los colores ni en votos
ni ante la falta de cohesión interna". La idea del secretario de Organización
del PSOE pasa por meter mano a la federación de Madrid sin prisas y, cómo no,
sin demasiada repercusión mediática. Si los socialistas madrileños colaboran,
mejor que mejor. Porque así José Blanco se ahorrará la retransmisión
pública de la inevitable y pretendida limpia. Claro que recordando el reciente
pasado, en la Ferraz de la etapa de Txiki Benegas como número dos se
solía decir que en la FSM había un bar y un puesto de cuchillos. El bar servía
para invitar a los enemigos políticos y el puesto de cuchillos para abastecer de
armamento contra los compañeros de partido.
Como de algo tiene que
servir la experiencia, la propia y la ajena, y dado que la proximidad de las
elecciones generales no parece funcionar como muro de contención frente a la
desestabilización interna, José Blanco deberá medir mucho sus pasos antes
de darlos.
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