El atentado terrorista cometido ayer por ETA en la terminal 4 del Aeropuerto de Madrid-Barajas en buena lógica debería interpretarse como la ruptura por parte de la banda del "alto el fuego permanente" y, por consiguiente, del "proceso de paz" emprendido con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Los peores pronósticos de los críticos con el "proceso" y los repetidos anuncios del entorno de los propios terroristas se habrían desgraciadamente así cumplido, frente al optimismo del que hacía gala el presidente incluso pocas horas antes de la explosión de la bomba.
Sin embargo, no ha sido ésa la conclusión que Zapatero ha extraído del atentado en su primera comparecencia pública ante los medios de comunicación, sino que se ha limitado a hablar de "suspender todas las iniciativas de diálogo" con la banda terrorista, algo a todas luces insuficiente a la vista de la gravedad del hecho producido. Semejante reacción hace inevitable acordarse de que el presidente ya había advertido - quizá curándose en salud - al menos en dos ocasiones, una nada más producirse el anuncio del "alto el fuego permanente" y la otra anteayer mismo, sobre la posibilidad de que en el curso del "proceso" se produjesen "accidentes", incluso mortales.
No cabe esperar, pues, que la reanudación por parte de los etarras de una actividad criminal que, en realidad, nunca habían abandonado por completo vaya a modificar de manera sustancial la actitud del Ejecutivo hacia la banda y su entorno. Simplemente, los atentados que de forma más o menos esporádica cometa ETA pueden acabar amortizándose como una baza más dentro de una negociación en la que la sociedad española y su futuro se han convertido en los rehenes de un juego intolerable.
La oposición del PP siempre ha tendido la mano al Gobierno para prestarle todo su apoyo si decidiese volver a los consensos básicos plasmados en el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Lo que la gran mayoría de los españoles espera del presidente en estos momentos no son llamadas telefónicas informativas a Mariano Rajoy, sino la convocatoria inmediata del Pacto como señal pública del retorno a la unidad de los dos grandes partidos nacionales en la lucha antiterrorista.
¿Qué queda por hacer para que el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero rectifique en una cuestión que afecta profundamente a la propia dignidad de nuestro sistema democrático? Sólo hay una respuesta, y es la que da el voto. Para muchos españoles, ayer quedó claro que un proyecto político basado en una negociación imposible e inaceptable con una banda terrorista para lo único que ha servido es para poner el futuro de Rodríguez Zapatero y de su partido a merced de los caprichos de unos criminales: una apuesta peligrosa y arriesgada que, como se está comprobando, no puede acabar bien.
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