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NOVELA BREVE Y FULGURANTE
Miguel Aranguren consigue involucrarnos en la cruda realidad de África
Carmelo López-Arias
Pocos reportajes, incluso pocos reportajes audiovisuales, consiguen transmitir un retrato más vívido del trabajo de misioneros y cooperantes entre el hambre, la enfermedad y la violencia.
17 de diciembre de 2009 Imprimir este artículo Enviar a un amigo Aumentar texto Reducir texto Compartir: Acceder al RSS Comparte esta noticia en Facebook Comparte esta noticia en Twitter Añadir a del.icio.us Buscar en Technorati Añadir a Yahoo Enviar a Meneamé Enviar a Digg Enviar a MySpace
Miguel Aranguren. Los guardianes del agua. Palabra. Madrid, 2009. 153 pp. 12 €
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La novela de aventuras en el ámbito de una África exótica constituye un subgénero apasionante, y por lo que podemos comprobar en Los guardianes del agua, tan vigente como en su época dorada. Ello exige un narrador que sepa transmitirnos el encanto de la acción en un entorno imprevisible, junto a temáticas que no resulten obsoletas o manidas.
 
Miguel Aranguren es de ese tipo de narradores. Sin caer en el pintoresquismo de la época colonial, nos lleva a la frontera de Kenia con Sudán, en una de las zonas más pobres del planeta, fronteriza también con las tragedias etíope y somalí. Hasta allí llega Paula, una enfermera madrileña a quien fascinó desde pequeña el continente negro y nunca se decidió a emprender el viaje.

Pero su vida la cambiará Esinyen, un niño de etnia turkana que llega a su hospital, traído por un misionero para ser operado del corazón. La empatía con el chico y una conversación con el padre Paco deciden a Paula a acompañarles de regreso. Su misión: organizar las clínicas móviles en una zona depauperada, allí donde una vacuna o un fármaco son la única esperanza de que llegue a adulto uno o dos de los ocho o nueve hijos que tendrá cualquier mujer de la región turkana a lo largo de su vida fértil.

Aranguren construye en ese escenario pocas y sencillas tramas: la relación entre Paula e Iñaki, otro joven español que ayuda a los misioneros, aunque ninguno de los dos soy muy religiosos; el misterio de un viejo negro, Isaac, leal hasta la muerte a los frailes por razones escondidas; o la expedición que monta el grupo para rescatar a unas decenas de cristianos sudaneses que vagan por la frontera huyendo de una muerte segura a manos de los islamistas... aunque sea arriesgándose a una muerte segura a manos de las hienas, con los buitres para rematar el festín.

El trasfondo de todo ello es un excepcional reportaje sobre el funcionamiento real de los misioneros y cooperantes. "Aquí sólo se aguanta durante toda la vida si Dios está de por medio", dice el padre Antonio, otro de los misioneros. Porque lo que se nos describe es de una dureza excepcional: el hambre de los niños, la brutalidad de los guerrilleros moriles, el aspecto espantoso de mujeres de treinta años que aparentan ochenta, la sequedad de un paisaje que padece el calor de un horno y donde verse sin agua es la antesala del infierno...
 
Además Aranguren lo cuenta todo sin maniqueismos ni grandilocuencias. Sus héroes -pues lo son- actúan porque es su deber y porque su horizonte es mejorar la vida de quienes tienen cerca, y no emplean grandes discursos ni justificaciones ampulosas. Y están presentadas con mucho verismo las relaciones entre los poderes locales, las bandas de asesinos (así nos imaginamos a los secuestradores del Alakrana) y los gobiernos, limitados a servir ayuda militar u hospitalaria cuando los misioneros les dan la voz de alerta de un problema.

Fulgurante por su brevedad, ritmo e intensidad, Los guardianes del agua es una obra bien construida, veraz en los problemas que plantea y amena en cuanto a la acción donde nos sumerge. Una novela de esas que se leen rápido pero no se olvidan nunca.

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